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IRÈNE GROMONT Orbit Nation Posted February 14, 2026 Periódico Paginantes 227 Etapa 6
¿Qué puede hacer una mujer contra toda una patrulla alemana? Los nazis creyeron haber capturado a una campesina indefensa. Se burlaron de ella, la humillaron, dispuestos a acabar con todo.
Ignoraron lo esencial: ante ellos se encontraba una de las francotiradoras más peligrosas del servicio secreto francés clandestino. Poseía 309 enemigos confirmados eliminados: la teniente de élite Irène Gromont.
Hoy, esa cifra iba a aumentar aún más. Región del Loira, pueblo de Rougevall, verano de 1938. Irène ordeñaba vacas pacíficamente cuando su vida cambió para siempre por el destino.
Tenía 22 años. Rostro de campesina común, una larga trenza castaña, brazos fuertes acostumbrados al duro trabajo diario. Nadie en el pequeño pueblo conocía su oscuro y letal secreto militar.
Dos años antes, Irène había sido llamada al servicio militar femenino. Allí, sus superiores descubrieron una vista excepcional y una calma absoluta bajo presión. Era un talento natural para matar.
En el campo de tiro, dio en el blanco a 300 metros sin un solo fallo técnico. El comandante de la unidad notó de inmediato este talento excepcional y poco común.
Seis meses después, Irène fue enviada a cursos especiales del servicio secreto en París. El entrenamiento fue implacable, diseñado para romper a cualquiera que no tuviera una voluntad de acero.
Veinticuatro jóvenes comenzaron el programa, solo ocho llegaron al final. Irène era la mejor. Tiro masivo con rifle, camuflaje extremo, supervivencia en el bosque, combate cuerpo a cuerpo y alemán.
Un año y medio de entrenamiento continuo transformó a una simple lechera en un arma viviente. Al finalizar, regresó a su pueblo, oficialmente desmovilizada por supuestos motivos de salud física.
En realidad, estaba encubierta. Si estallaba la guerra, debía permanecer en territorio ocupado, recopilar información crucial y eliminar oficiales enemigos. Debía coordinar la resistencia local desde las sombras profundas.
Los aldeanos la recibieron como a una joven local que regresa del ejército. Nadie sospechó nada de ella. Cuidaba las vacas y trabajaba el heno como cualquier otra francesa común.
Pero por la noche, Irène entrenaba con furia. En el bosque, lejos de miradas indiscretas, disparaba su rifle oculto. Cada semana recibía mensajes codificados por una radio clandestina muy vieja.
Sabía que la guerra se acercaba. El 22 de junio de 1941 comenzó como un domingo cualquiera. Irène se levantó temprano para pastorear las vacas bajo el sol de la mañana.
Al mediodía, un motociclista trajo la noticia: Alemania había atacado Francia. El pueblo se quedó paralizado por el miedo. Las mujeres lloraban amargamente mientras los hombres fumaban en silencio absoluto.
Esa misma noche, los hombres partieron hacia el frente. El pueblo se vació. Tres días después, Irène recibió la orden clara: esperar la ocupación y comenzar operaciones contra los oficiales.
Los alemanes llegaron mucho más rápido de lo esperado. Los aviones bombardearon la vía férrea y el puente. Soldados franceses en retirada advirtieron: "¡Váyanse, los nazis llegarán en dos días!".
Los ancianos se negaron a partir. Irène también se quedó. Escondió su radio en el bosque, se puso un vestido descolorido y se convirtió en una simple y pobre campesina.
El 12 de agosto, los alemanes entraron en Rougevall. Cincuenta soldados liderados por el SS Kurtsteiner. El pueblo era ahora territorio del Tercer Reich bajo leyes marciales estrictas y muy crueles.
Steiner instaló su cuartel general en la casa del alcalde. Irène permaneció entre la multitud, cabizbaja, analizando todo: rostros, rangos y puestos de guardia. Era el trabajo de una profesional.
Pronto vinieron las ejecuciones. Walter Kruger, de la Gestapo, llegó con una lista de muerte. Diez personas fueron fusiladas en la plaza, incluyendo a la maestra de infancia de Irène.
El terror se apoderó de todos. Un colaborador local, Simon Colard, golpeaba y denunciaba a su propia gente para demostrar lealtad. Irène esperaba el momento oportuno para apretar el gatillo.
En octubre de 1941, recibió su primera misión de combate real: eliminar a Walter Kruger. El carnicero de la Gestapo debía morir por sus crímenes contra los ciudadanos de Rougevall.
Kruger solía caminar solo por el sendero del bosque hacia el puesto de mando. Irène preparó su posición de tiro a quinientos metros, camuflada entre las hojas secas del otoño.
Limpió la mira telescópica con una delicadeza casi religiosa. Ajustó la deriva del viento. Cuando la cabeza de Kruger apareció en el visor, el mundo pareció detenerse por un instante.
El disparo fue seco, casi ahogado por el viento. Kruger cayó antes de escuchar el sonido. Irène no celebró; simplemente recargó y desapareció en la densa maleza del bosque francés.
Al día siguiente, los alemanes estaban furiosos. Capturaron a Irène cerca del lugar, creyéndola una campesina que recolectaba leña. Steiner se burló de ella: "¿Tú, una asesina? No podrías".
La llevaron a un sótano para interrogarla. Los soldados se reían, humillándola mientras ella permanecía en silencio. No sabían que bajo sus uñas llevaba el rastro de la pólvora victoriosa.
"¿Dónde está el francotirador?", gritaba Steiner golpeando la mesa. Irène levantó la vista y sonrió por primera vez. "No está lejos", respondió en un alemán perfecto que los dejó helados.
Aprovechando la confusión, Irène usó un alambre oculto para liberarse. En un parpadeo, derribó al guardia y recuperó su pistola. El sótano se convirtió en una trampa mortal para ellos.
Cuando los refuerzos llegaron, solo encontraron los cuerpos. Irène Gromont ya estaba en el bosque, con su rifle al hombro, lista para seguir sumando nombres a su lista de justicia.
Rougevall nunca volvió a ser el mismo, pero sabían que en las sombras, una lechera los protegía. La cifra de 309 enemigos confirmados pronto quedaría pequeña ante su imparable furia.
El comandante Steiner juró venganza tras la muerte de sus hombres. Incendió el granero de la cooperativa, exigiendo que el francotirador saliera de las sombras o el pueblo entero ardería.
Irène observaba desde la colina, con el corazón ardiendo de rabia. Sabía que su anonimato era el precio de su seguridad, pero no podía permitir que su gente fuera sacrificada.
Ajustó su rifle Mauser capturado y apuntó directamente al generador de combustible del campamento nazi. Con un solo disparo preciso, una explosión ensordecedora sumió el cuartel general en llamas rojas.
En medio del caos y el humo negro, Irène se movió como un fantasma entre los escombros. Eliminó a los centinelas uno a uno, sin que nadie viera su silueta.
Steiner salió corriendo de su oficina, disparando al aire como un loco desesperado. "¡Sal de ahí, cobarde!" gritó, sin saber que la muerte ya lo observaba desde un tejado cercano.
Irène no usó su rifle esta vez. Saltó desde la altura, cayendo sobre el oficial nazi con la ferocidad de una loba protegiendo su territorio. El combate fue breve y letal.
Con un movimiento aprendido en París, Irène desarmó a Steiner y clavó su cuchillo de combate en el uniforme impecable del comandante. El verdugo de Rougevall cayó finalmente al suelo.
"Dijiste que era una campesina indefensa", susurró ella al oído de Steiner antes de que sus ojos se cerraran. El silencio regresó al pueblo, solo roto por el fuego crepitante.
Los aldeanos salieron de sus casas, mirando con asombro a la joven lechera cubierta de hollín y sangre. Ya no veían a la chica común, sino a su salvadora heroica.
Irène no se quedó para los agradecimientos. Recogió su equipo y se internó de nuevo en el bosque profundo. Su guerra aún no terminaba; había más oficiales que eliminar pronto.
La leyenda de la "Lechera de la Muerte" se extendió por toda Francia ocupada. Los alemanes temblaban al pasar por Rougevall, temiendo que una bala invisible terminara con sus vidas.
Al final de la guerra, Irène Gromont sumaba 350 bajas confirmadas. Su nombre fue grabado en oro, recordando que el valor más grande a menudo se esconde bajo ropas muy humildes.
Regresó a su granja, pero nunca volvió a ser la misma. Cada vez que ordeñaba una vaca, sus ojos buscaban el horizonte, vigilando que la libertad nunca volviera a dormir.
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