Si los que caminan son caminantes, si los que recorren los ríos y los mares son navegantes ¿Por qué quienes viajan por las páginas no habrían de ser Paginantes?

CASABLANCA Susana Ruggiero Grupo Paginantes en Facebook Nº 485
Los leños crepitan, abrazan y enroscan las lenguas de fuego danzantes de la salamandra de hierro añosa que calienta el extenso comedor de la casona colonial.
En la cocina, Lucrecia muy apurada pica cebollitas de verdeo, tomates peritas bien maduros, morrones rojos y verdes, dos dientes de ajo, los vuelca sobre la negra sartén de teflón y vierte bastante aceite de oliva. Sazona con hierbas de la huerta y revuelve lentamente la salsa con cuchara de madera que dejará preparada antes de terminar con los quehaceres domésticos para comunicarles a sus patrones que no regresaría más a trabajar con ellos. Pensó decirles que su familia en Paraguay está necesitada de dinero y de su presencia para ayudar a la madre que está postrada.
El Tata recostado en su sillón gamuzado, fuma lentamente un habano y mira una vez más las escenas carismáticas que Humprey Bogart y la triste y enternecedora Ingrid Bergman protagonizan en Casablanca. Comienza a caer la tarde de un día cualquiera de invierno.
La casa de Núñez era amplia y luminosa con un jardín al frente semicubierto por un cerco de ligustrinas que se podía divisar desde el andén de la estación del tren. Por la blancura en las paredes, su construcción y las exóticas flores se destacaba de las otras.
Amanda, de treinta años, compartía esa vivienda con Pío, su papá, y El Tata, su abuelo de jóvenes noventa años, a quien adoraba. Amanda era de esas personas que nunca estaba demasiado alegre, pero tampoco triste. Hablaba poco. Leía mucho. Tenía pocos amigos. Jamás se le conoció un novio. Era excelente vecina, elegante y muy respetada por sus compañeros de trabajo en Alpargatas dónde se desempeñaba como jefa de personal.
Lucrecia recordaba aquella tarde a la hora de la siesta que Pío se apareció en el cuarto de servicio mientras ella planchaba la ropa y la manoseaba a punto de violarla.
Comenzó a llorar pero nadie la escuchaba. El Tata dormía en una habitación de la planta baja. Amanda había salido. Estaban prácticamente solos. Aunque invadida por la sorpresa supo defenderse y le pegó en la espalda con la plancha caliente. El depravado puteaba, pero la soltó y se fue caminando a los tumbos.
Sentía tanta inferioridad, tanta vergüenza, tanto dolor en el alma por no tener a quien confiarle lo explotada y sometida que estaba. Esta vez fue la definitiva. Pío le había prohibido terminantemente hablar del asunto con alguna persona. Siempre la amenazaba y ella mascullaba el modo de encontrar su libertad. Tenía la ilusión de construir su propia casa con chapa y madera y vivir dignamente. No para morirse de hambre ni comida por los piojos. Siempre para vivir.
Pío tenía ojos marrones, uno más pequeño y oscuro que el otro. Nunca miraba de frente. No apretaba la mano al saludar. A veces parecía ausente. Sus manos movedizas solían retorcer los finos bigotes que cubrían un labio que alguna vez había sido leporino o las escondía en los bolsillos de los pantalones con inusitada inquietud. Sentía una atracción especial por las mujeres, y no justamente la atracción que despierta el amor, sino el deseo perverso. Era raro. Lo confirmaban las empleadas domésticas que permanecían poco tiempo brindando servicios, para renunciar sin dar explicaciones poco tiempo después.
Repentinamente Amanda enfermó. Se desmayó en la oficina y la internaron en el Sanatorio Británico. Mientras la trasladaban en la camilla escuchaba voces, veía imágenes confusas.
Aparecían sus papás que la llevaban de la mano al colegio. Tenía ocho años, pero la vida le tendió una trampa. y a ella le tocó la peor parte. Su padre volcaba en ella sus deseos más abyectos, prometiéndole regalos si ella hacía un pacto de silencio. Como en ese momento que ingresaba al quirófano y su boca estaba sellada. Nadie le preguntaba nada. Su sueño era una pesadilla. Pío quitándole la bombacha y pasando su lengua por la pancita y sus genitales. Lloraba en silencio. Estaba quieta como una estatua. Su corazón rebelde latía alocadamente ante el ingreso del veneno en su cuerpo.
Le descubrieron un tumor en el hígado. Un monstruo alimentado con la ira y el excremento que Amanda tragó calladamente.
Su abuelo se sintió destrozado al enterarse y la llenó con toda la fuerza del cariño que era capaz de demostrarle. La acompañaba tanto como podía en esos momentos que ambos sentían que el dolor los desgarraba. La fatalidad se instaló en esa casa a partir del momento en que El Tata junto a su esposa e hija de veinte años se mudaron a ese lugar que prometía cobijarlas con calidez y abastecerlas de todo bienestar.
María Elena, su hija, era maestra cuando se enamoró de Pío, un obrero metalúrgico que ganaba un salario muy bajo como para poder casarse y tener una vivienda propia o pagar un alquiler.
El Tata, en su afán de ayuda les ofreció refaccionar la planta alta de la casa y convertirla en el nuevo hogar de la pareja joven. A los dos años de casados nació Amanda y abuelos, hija, yerno y nieta comenzaron a escribir la historia de una convivencia impredecible.
El cáncer fue tan agresivo que con un vómito de sangre le anticipó el final. Una ventosa mañana de agosto murió.
El Tata se apoyaba desconsolado en su bastón al lado del féretro mientras el llanto rodaba por su rostro al observar el cuerpo envuelto en la mortaja bordada. Otra vez le tocaba enterrar a una mujer de su familia. La única que le quedaba.
Primero fue su esposa. Después su hija y ahora su amadísima nieta. En pocos años, se fueron las tres.
Pío no demostró nada. Ni angustia, ni dolor. Ni una lágrima. Estaba como siempre: presente y ausente al mismo tiempo, sin expresión que denotara emoción o sentimiento alguno.
Transcurrieron cinco días posteriores a la cremación de Amanda.
Silenciosos ambos hombres esparcieron las cenizas tan grises como el invierno en el Río de la Plata y regresaron al hogar sin emitir una palabra.
El tren continuaba su recorrido a Retiro.
Algún automóvil intentaba eludir la barrera y desde el parlante de una radio se asomaba Piazzolla con Invierno Porteño. El diarero vendía a los transeúntes el periódico y las revistas que en primera plana con letras enormes anunciaban la destitución y posterior suicidio de Salvador Allende en Chile.
Los chicos entraban y salían del colegio. Algunos paseaban en bicicletas y en la plaza jugaban los mayores a las bochas y al ajedrez arropados con guantes y bufandas. Días iguales en un barrio dónde todos se conocían, de gente de clase media y trabajadora. Pero... hasta la rutina más pesada, más rígida, un día se quebró.
La casa blanca se transformó en una inmensa nube: gris, negra, roja, violácea. Se escuchaban estallidos, estruendos extraños.
Los vecinos salieron a mirar. La casa ardía en llamas, se incendiaba. Pío miraba feliz su obra. Había rociado con querosén todo: paredes y muebles. Estaba contento. Su rostro era otro. Lo disfrutaba.
La casa se quemaba.
El Tata estaba adentro.
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Amigos. Hoy encuentro dificultades en Facebook, nos llama "comunidad" y cambia mucho de nuestra esencia, limitando al mismo tiempo nuestro accionar. Permaneceremos en Facebook de todos modos, hasta que el nivel de sus "mejoras" lo torne imposible. De todas formas el Grupo Paginantes no muere. Existimos desde muchísimos años antes que Facebook y seguiremos estando cuando Facebook ya no esté, doblegado por el peso de sus "mejoras". Voy a quedarme en Facebook, porque hace a mi ética personal jamás abandonar a personas o instituciones que alguna vez me dieron un lugar, un apoyo o una ayuda. Sólo voy a irme cuando Facebook desaparezca o cuando sus "mejoras" hagan imposible continuar de un modo medianamente razonable. Si eso sucede buscame por Internet VOY A ESTAR y siempre vas a poder encontrarme en Editorial Argenta.
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