miércoles, abril 08, 2020

INCONMENSURABLE Miriam Mancini Grupo Paginantes en Facebook Nº 94




Inconmensurable
Dedicado a L.O.F.
*                   Diáfanos destellos en tus manos obrando sin pausa ni prisa,
las labores de hombre que sabe que la tierra es su amorosa madre.
Y en el cielo es vigía su padre.
Quiso la vida, en buena hora, obsequiarme un sitio recóndito,
donde los dioses guardan mi sueño
y me despierta la suave brisa de la siempre renovada esperanza.
Porque es la pronunciación del nombre querido,
el que siembra estrellas en el camino.
Porque es la piedra que cae, la que hiere pero no tumba la fortaleza del abrazo.
Las horas infinitas que pueden contra la muerte y su poderío,
enaltecen el pan que se comparte.
Y amortizan las risas cómplices y argentinas, las ausencias en las que viaja la nostalgia a veces.
Porque la vida he aprendido que nace en el llanto amargo, en los miedos vencidos, en los ojos ganados.
En este pedacito de cielo conquistado.
Si escarban las serpientes las viejas heridas, un campo de flores encontrarán a su paso.
Los dolores se tornan ternura, en el regazo del tiempo.
Más aún cuando cada dia, amanece en la certeza de la palabra que levanta vuelo,
y pone a temblar a las sombras, y al espanto.
Es el amor en todas sus formas, el sabio conductor del oxígeno.
Porque el poeta se entrega fraterno, de alma hasta vísceras, a sus hermanos.
Y en la curva que despliegan sus versos,
el aura de los símbolos descifrados, iluminan las noches aciagas, en un universo vasto.
Tal vez no alcance a decirse, a agradecerse los milagros
que nos empujan hacia adelante.
Pero mi querido, es tanto más cierta la sangre bullendo, en estas venas
cuando tu voz, ferviente tesoro, destierra hasta sin proponérselo, a toda pena.
Miriam Mancini                                                                                                                                                                   

                                                                                                                                                                                                  PP  23  3  94




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martes, abril 07, 2020

Alvaro Ancona















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Alexya Trasca





















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lunes, abril 06, 2020

L=A=R0E=P=Ú0B#L#I0C@A@L0I¬T¬E0R/A/R0I\A\0

LA REPÚBLICa LITERARia LA REPÚBLica LITERaria LA REPÚblica LITeraria
1  L=A=B 2 L=A=B 3 L=A=B 4 L=A=B 5

Capulinawui Yo sé... (1)  

LOS SILENCIOS HABLAN





LOS SILENCIOS HABLAN

Luis Alberto Battaglia 

6/4/2020

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Miro la noche, me gana el misterio
de las palabras dormidas.
Por las ventanas las sombras me traen
recuerdos de aquella que ya no parece mi vida.
Tienen rumores de viento
y en su movimiento
figuran poesía,
en él se vuelca mi alma y me lleva
al borde del día.
¡Ay si pudiera entender el silencio!
Se fue otra noche y el sol arrebola
la figura sola
de la sombra mía.

domingo, abril 05, 2020

DOBLE SILENCIO Marcelo Pérez Grupo Paginantes en Facebook Nº 93




DOBLE SILENCIO
(Cuento) por Marcelo Pérez

  El frío helado pegó en el pecho, rebotó, eligió los brazos donde colarse y se extendió hacia las manos. Alguien había abierto la ventana, pensó que era una muy buena ocasión para levantarse, cerrarla y tomar un poco de café. Abajo se veían pasar los autos: como seres perseguidos; dos pisos hasta tocar el asfalto, la gente era la misma: los rostros afiebrados en las solapas altas, el aliento calcinado en los ojos. A veces en la vida no se podía aprenderlo todo; era un instante el que caminaba, se detenía, vibraba, pensaba, deliraba. Pero él era ese instante, él era lo que caminaba, lo que se detenía, lo que pensaba y lo que deliraba. No sabía; decían por ahí que eso era vivir. Llegó a la cocina, encendió una hornalla, puso sobre el fuego la cafetera. Después se acercó a la ventana y la cerró, no pudiendo evitar que se colara una última mano de viento que, como jalea, se pegó a su estómago, junto con la camisa blanca. El día estaba gris. Inclusive se respiraba un aroma a plomo recién fundido que horadaba con su filo. El hombre habló y dijo: “No es aquí, en nuestra tierra, donde las flores y los huertos lucen con toda su inmortal belleza y…” A veces pensaba que las cosas estaban para ser sentidas: porque el frío, porque el calor y porque cuando hacía frío uno se abrigaba y usaba hasta prendas que ya había dejado de usar, porque hacía frío, sin comprender que el frío estaba para sentirlo, y si no, para qué? Lo mismo el calor. Pero el calor era algo distinto; estaba para sufrir y se sufría y se debía sentir que se sufría. Sobre la mesa seguía estando el tedioso libro donde, a cada párrafo, se leían cosas que ya todo el mundo sabía, pero aún así se repetían porque el editor fue obligado a repetirlas una y mil veces hasta encontrar el hartazgo del lector y herir su poca paciencia o su templanza de hombre mundano y moderno. Dejó que la cafetera estallara; de todas maneras, se le habían ido las ganas de tomar café. Apagó la cocina, se puso el saco y salió. La escalera de madera otra vez graciosa, grasosa, mugrienta, volvió a presentarse empinada, peligrosa, un sitio ideal para encontrar al pie sentado algún borracho sin hogar, a las cuatro de la madrugada. La puerta de calle chilló como siempre, al ser abierta; allí, abajo y afuera, se presentó otra vez el frío y el viento no pidiendo permiso, colándose detrás de las orejas y las solapas. Hizo como si las cosas no le importaran, puso sus manos en los bolsillos y caminó unas cuadras bajo el ruido infernal. Tal vez si hubiera tenido el tiempo suficiente en su vida hubiera aprendido muchas otras cosas; aunque no era momento para lamentarse porque el tiempo para haberlo hecho nunca existió; tendría que ser una división del tiempo, así como el tiempo para alimentarse lo era; no, debería existir algún cerebro privilegiado que estipulara, estableciera el tiempo para lamentarse, lo fijara con pautas y patrones inexorables –así como quien haya establecido las estaciones, las horas, los minutos- y todo aquel que quisiera pudiera recurrir a él y tomarse su tiempo. El ahora tenía tiempo para pensar y no deseó pensar si el tiempo pudiera también encuadrarse como lo hacían los números en el reloj, formando el círculo perfecto. El tiempo para pensar era el único tiempo libre: allí todos y cada uno podía de él abusar, hacer horas extras y hasta extralimitarse, ya que nadie debía venir y rendir cuentas o decir: “Señor, Ud. no pensó lo necesario el día tal a la hora tal”. En poco tiempo, en poco otro tiempo, su propio mundo había cambiado: ya sabía que las cosas estaban para ser sentidas y que sería de alguien poco racional no experimentarlas y reconocerlas como lo que realmente eran. Por eso había sentido ciertas cosas que, en ese momento, su mente esparcía como en un íntimo caleidoscopio para su mejor observación: un nombre iba de allá para aquí, agitándose nerviosamente: Viviana González. Su filosofía de sentir las cosas le había obligado a casarse con ella, en un tiempo que había sido de los dos y que todavía lo seguía siendo, pero que, sin embargo, él deseaba que lo fuera más de él. Porque ansiaba el momento en que ambos se separaran, todas las mañanas, para que cada uno fuera a su trabajo, y así él olvidar su cutis, su cuerpo, su sonrisa, y despedirla con un beso que ella otra y otra vez daba con gusto, pero “mi amor son las ocho y debo irme”. Quizás también alguien con los suficientes conocimientos debería ocurrírsele eso de oficializar el “tiempo para ambos” y decir “amarse” y ser amados. Había oído hablar del hastío tan característico en las parejas, inclusive había leído muchos artículos donde psicólogos o terapeutas confirmaban los descubrimientos de nuevas y cada día más asombrosas técnicas y tácticas para que las parejas en crisis volvieran a reflejar toda su propia diafanidad, como en un principio; y cuanto más escuchaba o leía acerca del tema, más se convencía que a alguien debiera confiar su problema. Por fortuna Viviana no lo había notado, o cuando menos, él trataba de que ella aún no se diera cuenta, ya que mucho era de su conveniencia que él sólo supiera del asunto, para así poder llevarlo a una conclusión satisfactoria. Pero cuanto más recordaba los artículos y las entrevistas, más a su mente llegaba eso de que el problema debía hablarse entre los dos y resolverlo juntos; no, eso de ocultarlo era una estratagema muy tonta y una salida que conduciría a ningún lado. Tampoco obraban resultado positivo las creencias de que en este mundo las cosas estaban para sentirlas: podía sentir el frío, el humo, la gente, los ruidos, pero su ser no tiritaba de impaciencia por llegar de noche a casa y abrazarse a Viviana. Compró un atado de cigarrillos y regresó al cuarto inmundo y sucio. Ya había llegado Telma y estaba acomodando sobre su escritorio una parva de papeles. Le dirigió un “Buenos días” demasiado cálido, como si en verdad fuera viernes, pero no, el lunes era así, y Telma parecía no saberlo. O acaso para ella todos los días fueran viernes? Estaba vestida con pantalones tan ajustados que le marcaban por debajo las nalgas, apenas contenidas en una bombacha así de chiquita. Telma tenía cuarenta y tres años y él lo sabía. Hacia nueve meses que trabajaba allí, y sólo él también sabía las veces que sus miradas se cruzaron, o sus manos se rozaron al alcanzarse los papeles, o el perfume con que a veces ella venía, que lograba turbar sus sentidos cuando pasaba a su lado. Telma no era una mujer fea; no había tenido suerte: según ella, tuvo muchos novios, pero ninguno había tenido la valentía de continuar hasta el final, a pesar de todo, y casarse. Durante el resto de la mañana hasta la tarde, continuó pensando en ella y sólo en ella. Y de vez en vez desviaba su mirada del teclado de la máquina de escribir y la observaba atender el ruidoso teléfono o estirar su cuerpo para alcanzar unos papeles de la gaveta empotrada en la pared. Era allí cuando su vista se perdía más, porque los senos se derramaban debajo del pulóver de lana color bordó y parecían flotar en un mar de piel y frescura. Eran senos grandes, no pesados; cabrían en su palma, bien abierta. Seguro que no usaba sostenes. No importaba, así era mejor. Entonces pensó en los senos de Viviana y ningún estremecimiento recorrió su estómago pasando por entre sus piernas, pero sí cuando imaginó a Telma desnuda, en la cama. Qué pasaría si le comentara a ella su problema? Después de todo, ella era una compañera de oficina que entendería esos asuntos y tal vez pudiera saber alguna solución aceptable. No acertaba cómo comenzar. Tenía conciencia de lo que por momentos sus labios estaban próximos a pronunciar, pero cuando Telma caminaba de un lado a otro, el menear de su cadera lo confundía todo y debía comenzar a pensar otra vez en la ilación de las palabras. Hasta que se decidió. Se puso de pie, perdió un instante mirando por la ventana para ver si todo seguía en calma y normal, allá afuera; luego acomodó algunos papeles en la gaveta, observó desde allí a Telma pasar en limpio cifras, se acercó a su escritorio y le dijo que tenía que hablarle, que estaba en un problema y que le gustaría charlarlo. Ella dijo que sí, no tenía inconveniente. De pronto hubo otra clase de ruido, y afuera se derramó una lluvia que empapó hasta las nubes. El cielo plomizo había cumplido su promesa; abajo los escalones estarían más sucios y grasientos que nunca, y el miserable del encargado se pasaba las tardes enteras en algún bar… Las cinco de la tarde parecieron las cinco de la tarde del día siguiente, por todo lo que tardó en llegar. Cerraron la puerta y bajaron los escalones; un olor a orina se traslucía por las paredes. Abajo la calle actuó como una bendición. Caminaron un par de cuadras y entraron en una confitería. A él no le gustó el lugar, había mucha gente, mucho humo y una música chillona estaba a tan alto volumen que los clientes tenían que alzar la voz lo necesario como para que pudieran entenderse lo que se decían.. Telma ofreció de ir a su casa, que no quedaba lejos y que, además, allí estarían más cómodos. El no supo qué contestar, en la casa de ella se sentiría más confuso, porque allí todo tendría su olor: los muebles, las paredes, las cosas. Y así fue. Caminaron otras tantas cuadras, subieron en un ascensor hasta el sexto piso de un edificio de departamentos. Ella dio unas vueltas con la llave, entreabrió la puerta, tanteó con la mano en busca del interruptor y encendió la luz. Allí todo era distinto y olía a ella, como él lo había supuesto. Le dijo que se pusiera cómodo mientras prepararía café. Prefirió el diván para sentarse; todo parecía estar en silencio justo como para escuchar lo que hablarían. Hubiera preferido la confitería, allí, por lo menos, las paredes hubieran sido confidentes en su secreto. Frente a él había una reproducción de un desnudo de Goya. Podía ver los muslos de la mujer tan virtualmente sonrosados por el pudor y algunas otras sombras que se perdían con ayuda de la escasa luz artificial que a ellos llegaba. Telma trajo el café y se sentó al lado de él. Tenía el cabello algo húmedo por la lluvia; le gustaba verla servir el azúcar con sus manos bien rosadas, como la figura del cuadro. Cómo empezar? “Telma, resulta que…”. No. “Mi esposa y yo no nos entendemos, mejor dicho, creo que yo no entiendo más a mi mujer…”, o “Se me fueron las ganas de entenderla…” No. Telma se acercó demasiado, fingiendo sacar una pelusa del sillón. Podría comenzar con que no sabía lo que le ocurría cada vez que estaba con Viviana; ya no era lo mismo. No. Telma, por favor, no te acerques más. Vio y sintió cómo sus manos se apoyaron en su pelo, luego, con habilidad, desprendieron tres botones de la camisa y fueron recorriendo su cuerpo, las costillas, debajo de los brazos, hasta enredarse detrás de la espalda y aproximar sus labios a su boca. También sintió el peso de su pulóver bordó que ya molestaba y fueron sus manos en busca de los senos increíbles que tanto había adivinado y los sintió así, espesos, fuertes, de hembra. Disfrutó el calor y el candor que encendía su cuello detrás de sus orejas, el cabello húmedo olió a pajar y a tarde de lluvia en un campo, donde los sentidos ya no existieron porque habían sido sublevados por la pasión. Telma el descontrol. Telma el deseo acumulado por el tiempo. Telma una isla donde refugiarse de los problemas. Telma el amor. Telma desnuda, en la cama, sintiendo y gozando el empuje de su cuerpo. Y más, y más, y más… La tenía allí, toda de él, entregándose y no sabía cómo amarla mejor, a cada empuje. Pasó su brazo izquierdo bajo su espalda y su mano se aferró como una garra a su cuerpo, a la altura de su seno. Su otro brazo sólo se ocupó de dirigirse a sus cabellos y con fuerza sujetarse a su textura, y tirar con extraña violencia. Fue la pasión que ambos compartieron. Luego vino la paz esperada. Viviana de vez en cuando también le proporcionaba la paz y después todo era lo mismo: las paredes que parecían quedarse escuchando, el techo que se venía abajo de tantas promesas nunca cumplidas de darle una mano de pintura, la soledad de los cuadritos de vidrio y fantasía. A veces en la vida costaba aprenderlo todo, tal vez porque nunca se terminaba por averiguar que realmente se debía aprenderlo todo. Y se iba por ahí llevando entre los hombros la creencia; algunos lo intentaban, otros desechaban, disentían. Otras veces, transcurrían y morían sin apenas saberlo. Viviana regresó primero, esa noche, a casa. Cerró la puerta, prendió la luz, dejó la cartera sobre la mesa del living y quedó con las manos en su tapado y la cabeza gacha, como no deseando hacer el menor ruido. Todo había pasado demasiado rápido como para haberse arrepentido. Acaso ella sabía que las cosas estaban para ser sentidas? Tal vez sí. Porque en su trabajo hacía poco que había comenzado Ricardo, un hombre fuerte, de piel morena y bigotes incitantes. Nunca habían hablado de algo en serio. Nunca se habían rozado las manos al alcanzarse algún papel, y aquella tarde, a la salida, sus cuerpos desnudos se fundieron en una fría habitación de hotel de mala muerte. Se sentó en el sillón y continuó su vista en el piso: allí estaba todo, grabado, recuerdo por recuerdo, sabor por sabor, palmo por palmo, olor por olor y gusto por gusto. Cerró sus piernas en busca del candor tenido y perdido: sintió como un cosquilleo, como un volcán que la hubiera poseído y hubiera derramado en su interior ramificaciones de lava al rojo, y cada una de sus extremidades había ido en busca de una salida hipotética, más arriba, siempre más arriba, y desear más y tener más. Luego pensó otra vez en un olor y en su olor, y despertó de su imagen porque si no se bañaba antes que Jorge llegara, tendría que dar muchas explicaciones que aún no podía dar. Afuera otra vez el frío, pero más irracional, porque la noche se había cerrado como un tapón de estrellas, o como el deshabillé que ocultó el cuerpo desnudo y sonrosado de Telma, al despedirlo. No supo cómo volver a filosofar y pensar en otras cosas o tan siquiera resolver su problema. Acaso había sido algo falso, inventado? Telma le había susurrado al oído un “Hasta mañana”, como si mañana todo fuera igual, como si en verdad después del trabajo fueran otra vez a su casa e hicieran el amor como si nada, y ella le pidiese que no hablara de su esposa porque allí dentro los problemas no existían. Telma una isla. La mirada melancólica no pudo alejarse de sus ojos cuando abrazó a su esposa y perdió su nariz en su cuello y olió a jabón barato, bueno, y a agua colonia. Luego se sentaron en el sillón y se contemplaron largamente. En la mirada de ella creyó ver otra mirada. En los ojos de él creyó ver la mirada de siempre, como si las cosas no hubieran cambiado a pesar que una sombra de duda destelló en sus labios. Él intentó pronunciar o tan sólo susurrar alguna frase, pero falló todo intento, las palabras conservaron pesos increíbles, invariables. Ella, allí, también deseó hablar, iniciar una primera acción, una orden que murió antes de ser gestada; no supo cómo calificar a Ricardo. Se abrazaron nuevamente y quedaron en silencio, en espera.

Marcelo Pérez
2/Agosto/1983






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RECOMENDACIONES PAGINANTES Interferón a cargo de Curro Sevilla Grupo Paginantes en Facebook Nº 92





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sábado, abril 04, 2020

EL HURTO BALADÍ Miriam Mancini Grupo Paginantes en Facebook Nº 91



EL HURTO BALADI
¿Qué es la vida?
Una ilusión.
Una sombra.
Una ficción.
P. Calderón de la Barca
  Yo, J.L. Vorjés, asumo la plena responsabilidad de los hechos acaecidos el 6 de agosto de 1997, en la biblioteca Bernardino Rivadavia, en la localidad de Villa Ballester (Pcia. De Buenos Aires, Argentina), y deslindo de la misma a Pedro Armando Cruz, quien actuó siguiendo mis órdenes, y por la confianza ciega que posee en mí. El perito psiquiátrico, al que se encargue su evaluación, entenderá mis palabras. Aclaro, asimismo, que no deseaba perjudicar a mi “entrañable amigo” en modo alguno, pero soy totalmente consciente, que existen momentos en la vida que uno debe subordinar determinados objetivos a la persecución de un fin superior. Y eso es lo que sucedió.
Quiero advertirles, a quienes estén a cargo de la investigación que no podrán comprender verdaderamente el mobilis ni el modus operandi del robo, que ocasioné (y del que me siento inconmensurablemente orgulloso), en la obra de Jorge Luis Borges, propiedad de la mencionada biblioteca. Hay verdades a las que uno le está vedado acceder.
Pero, pensándolo bien, hoy me siento magnánimo, absolutamente generoso.
Quizás, estimularía su entendimiento, si iniciara mi relato, exponiendo los hechos ajustándolos cronológicamente. Sepan que albergo la certeza de que el tiempo es una sórdida quimera, aunque me doy cuenta que para el resto de los seres es vital tener un eje organizador, por muy inexistente que este sea.
  Retomando el asunto que aquí me ocupa, habrán notado que en la rapina di dello libri di borges (como he leído en Il messaggero) ningún testigo presencial (y calculo que serían unas veinticinco personas incluyendo a las amables bibliotecarias) ha mencionado esa aborrecible palabra: violencia. Detesto la violencia casi tanto como al destino, por eso es que a la primera no le brindo cabida y al segundo. Bueno, con él llevamos una fatigosa lucha, que aún no he ganado.
Ese día, salimos de la desvencijada casa que Pedro y yo, compartimos, (hace ya tanto) y a la cual todos suponen abandonada, con excepción de algunas ratas, a las que diariamente alimentamos.
Nuestra casa se encuentra a sólo dos cuadras de la estación de tren de Villa Ballester, y a otras pocas de la biblioteca. La vida que allí llevamos con mi amigo ha sido idílicamente apacible, casi feliz. La única preocupación, que nos hacía eventualmente salir de la casa (y por solo veinte metros) era buscar los restos de comida que los empleados del supermercado San Cayetano, dejan en la vereda para que recojan los recolectores de basura, título que a nuestro criterio nos incluía.
Pero el 6 de agosto rompimos la rutina, a las 17 hs, pudimos apreciar como el sol enrojecía levemente nuestras caras. Aunque las esquinas estaban pobladas de gente, yendo y viniendo, nadie vió a dos sucios y andrajosos hombres, pese a que Pedro llevaba puestos sus enormes lentes negros, que le daban un aspecto de macromosca (como yo le decía bromeando). Antes de salir, repasamos nuestros planes: el camino a recorrer para llegar a la biblioteca, las palabras a decir, quién sostendría el bolso para guardar los tomos, etc. En fin, todos los detalles entre los cuales no figuraban los enormes lentes de Pedro, pero él insistió, entendí que eran su amuleto, los conservaba desde sus días en el neuropsiquiátrico (o, en sus palabras: lo otro, frase que condensaba su vida anterior), y se los colocaba ahora, sólo cuando tenía miedo, por lo tanto era lógico que se los pusiera, desobedeciendo mi orden. Caminamos, uno junto al otro, no demasiado ligero, para grabar cada imagen a nuestro andar y deleitar mejor el momento, que tanto ansiábamos, y digo bien, porque Pedro a esa altura se había contagiado de mi entusiasmo y entendía la esencia de justicia que guardaba nuestro robo. Así, que con las espaldas erguidas, y las frentes en alto, cruzamos la plaza Roca, allí nos paramos unos momentos, que a mí me parecieron efímeros aunque luego (por los datos periodísticos, que nos procuramos leer) supe que allí estuvimos alrededor de 40 minutos, tiempo en el que el "espíritu”, nos concedía la sabiduría que el acto exigía. Con el repentino calor corporal, que cada presencia del espíritu nos brindaba, con una absoluta convicción cruzamos la calle, más prudentes que temerosos. Abrimos la pesada puerta de vidrio y negro metal, que no nos ofreció ninguna resistencia, para nosotros significó un buen símbolo. El “espíritu”, afortunadamente guiaba nuestros pasos: Pedro se dirigió al estante donde un letrero grande y prolijo anunciaba Jorge Luis Borges, se agachó y cuidadosamente seleccionó los libros que servirían a nuestro (mi) propósito, sin que nadie se percatara los guardó en el bolso. Atrás suyo, se encontraba la fotocopista, con una diez personas alrededor de la máquina, (tal como lo planeamos).
Mientras tanto yo me acerqué a la mujer que parecía (por su edad y actitudes) la que estaba a cargo de la administración del lugar. Me extrañó que a su vez, ella no reparara en mi forma de vestir (un tanto atípica para un visitante de biblioteca), luego percibí que poseía una visión deficiente, sus lentes de contacto no eran totalmente efectivos. Otro buen símbolo, pensé. Cuando estuvo tan cerca que podía escucharme sin alborotar a los demás, le dije (cambiando mi tesitura normal)”calladita y para atrás”, frase que se me antojó acorde con la vestimenta. Pedro convino conmigo que yo no debía permitir que nadie sospechara que quien robaba, había sido, en algún momento titular de la cátedra de literatura inglesa en la Facultad de Buenos Aires, y principal promesa literaria de su generación. Pedro no recordó, quizás si lo hizo, el resto de la historia, aquella que me impulsaba a satisfacer mi sed de justicia, a buscar una cura para recuperar mi vida, quitarme el nombre, el ser, desaparecer al “otro”, quien robó mi destino. Y quien había muerto, con ese hálito sacro, de quien impunemente (para mí) vivió en la claridad absoluta. Sumergiendo en la más inmensa sombra, y no estoy pensando en la oscuridad y soledad que reinan en la vieja casa que finge ser mi morada, a quienes como yo, merecíamos la posibilidad de, por lo menos, un segundo insignificante de la Historia.
  Pero, hasta eso me fue negado, se me prohibió inclusive de la cercanía al otro, que disfrutó un ser tan vil, e incapaz como Salieri (por citar solo un ejemplo de esta existencia cíclica).
Cuando el espíritu hizo contacto conmigo, supe que venía a salvarme, me liberaría de mi claustro, y al hacerlo redimiría a todos los seres a quienes se le había robado su destino (por negligencia, o por pensada crueldad), casi como una nueva implicancia del Talmud; si el espíritu lograba concederme la posibilidad de ser, un círculo sería roto. Cuando en un sueño se me reveló los pasos a seguir, realmente creí que ese simple ritual, en que los espíritus aunaban sus fuerzas con el poder purificador y ancestral del fuego me borraría la angustia de mi existencia.
Cuando, con Pedro, y sin mayores dificultades, abandonamos la biblioteca creímos resolver el enigma. Sin hablar, caminamos hasta la casa, él cargando el bolso. Ya había oscurecido, y empezaba a sentirse el frío. Corrimos el portón oxidado, y su molesto chirrido quebró nuestro silencio.
Entramos lentamente a la casa, ni bien percibieron nuestra presencia, las ratas salieron a saludarnos, olfateando para comprobar que le traíamos su alimento, ante la negativa se escondieron en sus refugios, y noté su perplejidad, rayana en la ofensa. Con Pedro nos hubiéramos reído de esa actitud en otro momento. Pero teníamos trabajo que hacer. Con excitación, rápidamente preparamos el altillo para llevar a cabo el ritual, despejamos el suelo de las baratijas y muebles apolillados que allí habían, todo tipo de insectos salieron a relucir, los veíamos moverse pese a la oscuridad de la habitación.
  Dispusimos los libros en el centro de un círculo que describimos con piedras (que habíamos preparado con antelación) en las que escribimos tat tvam asi, tal como el espíritu las había pronunciado en el sueño. Mientras Pedro encendía el fuego, y pasaba la llama uno por uno, los libros ardían, el naranja azulado lo consumía todo, yo recitaba las palabras del Brahman del rito funerario (posmorten), porque el espíritu había dicho: “para aspirar a la liberación, y liberarse del ciclo, y absorberse en Brahman, identifícate con él, recupera la unidad entre el Brahman y el atman, que siempre existió, pero fue desconocida y olvidada, perdiéndose en Brahman, como una llama de fuego que se funde en otra”. Y así lo hicimos.
  Cuando terminamos el ritual, nos dimos cuenta que los libros eran cenizas, solo una hoja, amarillenta por el fuego se había salvado de este, cuando la recogí accedí a la verdad, a la única verdad, EL OTRO, quiso ser magnánimo conmigo, en el aún tibio papel él me hablaba, a través de “El Inmortal”, decía: dilatar la vida de los hombres, es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes...
Miriam Mancini

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Andra Garro Miembro desde 21/10/2019










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DE SAAVEDRA CON AMOR





DE SAAVEDRA CON AMOR
Luis Alberto Battaglia 3/4/2020
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Hay días que se me desbordan las palabras, hay días,
días como este,
en que me duele demasiado
la indiferencia y tontería de tanta gente.
El imperturbable club de "no me importa"
pesa en mi corazón.
En mi esencia sigo siendo
ese chico pobre de Saavedra
hincha de Racing
y empecinado en creer en los demás...
hasta el dolor.
Hay días, hay noches,
que quiero imaginar un mundo nuevo
donde triunfa el amor
y la ternura.
Y ese mundo, ese mundo nuevo,
este chico ingenuo de Saavedra, que soy,
lo quiere consagrar en las palabras y escribe,

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jueves, abril 02, 2020

"ESPERANZA" Miriam Mancini Grupo Paginantes en Facebook Nº 90



"ESPERANZA"
Traspasamos desde la fuente del llanto primero, las huellas pautadas que dejaríamos.
Porque hasta el sueño chato de los zapateros sin zapatos, durmieron los héroes.
Fueron las cornisas las que nos dieron el valor para calmar la sed de los pasos ligeros.
La voz que oía los versos que aún no se escribían, era la que añoraba en la multitud.
Porque rezamos en soledad a las lluvias que nos desguarnecen.
Y la vida pasó, llevándose los versos de los inviernos sin vos.
Pero como dijo Machado, hoy es siempre todavía.
Tal vez la mano que se yergue por el bien, frene la filosa osadía del mal.
Tal vez los árboles te vuelvan a ver pasar.
Tal vez, la sangre, un día.
Miriam Mancini




PP  23  3  90




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