sábado, septiembre 23, 2017

ESTA PENA...

¿Podría definir esta tristeza?
tal vez contarles que dejo la televisión encendida
para escuchar una voz,
que la noche me pesa
pero más todavía
me pesa el día.
Que miro viejas fotos
de contrabando,
sonrisas de otro tiempo
que no me están buscando.
Soy sólo yo que animo
una ternura ya perdida,
yo que voy a enterarme
tarde o temprano
lo inútil que es mi vida.
¿Qué hice mal?
tal vez todo,
tal vez tratar de ser Quijote
o despertar de mi locura.
El mundo te castiga
si amás sin un motivo,
si te sentís feliz
sólo por estar vivo.
Cuatro de la madrugada
y yo sin dormir.
¿Podría definir esta tristeza?
es tan triste vivir...

LUIS ALBERTO BATTAGLIA
sábado 23/9/2017


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martes, septiembre 19, 2017

CAP 22: LA LUZ

-¿Y  por qué no puedo estar? (Juan abrió los ojos significativamente).
-Vino la policía a desalojarnos de la novela.
-Esto fue Luis...  por la discusión.
-¡Y por qué te ponés a discutir con él! ¿Ahora dónde vamos a encontrar una novela donde vivir?
-Luis me va a perdonar... tiene buen corazón.
Juan abrió los ojos. Había soñado cosas muy extrañas que no podía recordar.
Tomó el libro que estaba en la mesa: "¿Cuántas maneras existen de arrojar una moneda?"
Es apenas la mitad de duras declaraciones... errores. Calamidades del destino ¿El destino (se preguntó Juan), qué tiene que ver el destino? iHabía unas ganas de meter al destino por todas partes! Vaya y pase que hablemos de la vida como un regalo del destino, ien fin! Pero iahora también para arrojar una moneda hace falta el destino!
-Lo que pasa que a vos no hay cosa que te venga bien.
-No, lo que pasa es que querés destruir la novela para que yo no tenga dónde vivir.
-Yo no la destruyo.
-Sí, vos la destruís porque el autor sos vos.
- ¿Y vos por qué cuestionás y cuestionás ¡a qué viene criticarme porque menciono el destino!? i¿No ves que nada te viene bien? ¡Lo que no te parece cursi te parece trillado y lo que no... ¡pero qué diablos, que me tenés podrido, andate, haceme el favor!!
-Está bien, me voy a ir, pero me gustaría saber qué vas a hace después sin mí.
-¡Pero por favor, tengo cuentos, tengo poemas, puedo inventar otro personaje; parece que te olvidaras que yo te invente, ¡idiota!
-¡Vos no me inventaste, eso no te lo permito!
-¡Y qué me importa a mí lo que me permitas y no me permitas!  Hay cien personajes sin trabajo, lo llamo a Jorge, lo pongo en tu lugar, mirando el mar, comiendo (iporque te la pasás comiendo!).
-¡Disculpame, yo como porque vos me hacés comer (y comida bastante mala por cierto)! Solamente una...
- ¡Callate idiota; andá a preguntarle a Tumitak lo que comía, o a Don Quijote...!
- ¿Y por qué no le preguntás a Sancho...?
- ¡Y qué, qué comía Sancho!: queso, jamón...
- ¡Por favor! vos no conocés a Cervantes.
- ¡Y vos conocés a Cervantes! (con sorna).
- ¡Mirá, a mí no me vengás con indicaciones de teatro, qué me venís con eso de "con sorna".
- No te digo a vos, lo anoto para el lector...
- ¡Sí, sí! A mí con esa no me vengás.
- ¿Y se puede saber desde cuándo ahora esa nueva de acentuar el imperativo en la última ¡qué sos, un repartidor de residuos!?
- Será un recolectar de residuos; ¿¡desde cuándo los residuos se reparten entre la población!?
- ¡¿Y desde cuándo vos sabés algo de la vida de afuera?!
- Además, no me gusta este capítulo porque lo llenaste de malas palabras, ya te dijo tu esposa también.
- ¡Sí, porque ella nunca dice malas palabras!
- Pero ella las dice afuera, acá adentro hay que hablar bien.
Juan dejó de escribir. La novela estaba cambiando, el capítulo XXI y el XXII eran (cómo decirlo) dispersos, inaprensibles, psicóticos; o tal vez no, tal vez era al revés.
Era tarde, la lluvia pintaba con un traje de misterio el atardecer vacilante. Juan, al borde de la noche, miraba las fosforescencias danzarinas de las olas solas entre el crepúsculo y la súbita tristeza de sus ojos abiertos a las fluyentes lágrimas vacías. Pobre descubridor de un mundo sordo y enigmático; bajaba por las escaleras del silencio, solitarias, profundas. Inútil narrador de dramas amarillos; respiraba en el aire fugitivo de las ventanas, su propia nostalgia.
El mar, compañero infalible de las noches cerradas; estallaba en un melancólico susurro guerrero, un clamor de derrota, un himno al frío paso de las constelaciones a la nada, sólo bruma... como las ruinas irreversibles de viejas ciudades, como el dolor.
¡Cómo escapar, cómo reír, cómo inventar un mundo, cómo invertir la cara oscura del naufragio eterno de su vida! Sólo en la plataforma de las cosas rotas, de los juguetes en litigio con un pasado descompuesto, de los amores muertos, de las innumerables hojas secas depositadas en los pasillos inapelables de todas las estaciones; allí, podría encontrar la supuesta curvatura de una absurda sonrisa.
Abrió las manos como quien, vencido, sólo busca la piedad que le llene un apenas pedazo en el baldío existencial. Abrió sus manos, para entregarlas a la penumbra; y con los labios pesados de historia, dibujó un beso para nadie y para todos aquellos que avanzaban entremetidos en sus trajes del otro lado de la niebla. Un beso, solo en la noche.
Era muy tarde para todo... para el amor, para los sueños. Se dejó caer lentamente, flojo, débil, quieto, cansado. En el sillón, ya no podría ver las olas. Bajó los ojos, oscuro como esa noche quebrada por los relámpagos.
Estaba solo; como antes del amor, como después de la alegría. Definitivamente solo en la lluvia, solo, con su ancla de adiós clavada entre sus lágrimas interminables, solo, con las manos abiertas inutilmente, solo, profundamente solo, solo como las piedras, como los muertos en su cajón.
Ellos, los que lo amaron, estaban lejos ¡tan lejos...! Eran como figuras pintadas, Y en las galerías del presente, ese territorio estéril, todas las pesadas horas lo enredaban en un abismo inconcebible. Estaba solo.
Nunca, nunca vería aquellos ojos que una vez lo siguieron como puertas abiertas. Era tarde, muy tarde. Todo el amor estaba del otro lado de su vida. Y hasta los escarabajos, alguna vez cansados lo dejarían sin otro pasatiempo que la muerte.
Solo, porque nadie pensaba en él, porque ya a nadie le importaba si vivía o había muerto, porque lo alcanzó todo y lo perdió todo. Se acercaba el invierno.
Se puso de pie, otra vez miró las olas fosforescentes. La playa era un desierto de sombras, de fantasmas al acecho. Y allá, a lo lejos, en medio de la oscuridad; una pequeña luz circular, blanca, tal vez proveniente de esas linternas a pila que venden en los kioscos.
Tuvo curiosidad. La luz se encendía y apagaba con intervalos regulares. Tuvo un presentimiento insólito, más un deseo. Era ella, era Gabriela, que en la noche, como un ángel, venía a rescatarlo de su martirio desesperante. Debía ser ella, ella, como antes, como siempre, como entonces; con su sonrisa, con sus besos, con algún chiste y su sonrisa y su sonrisa, ella, definitivamente era ella y le hacía señales para decir que no sufriera ya, que llegaba, que le traía todo el amor, todas las ilusiones, toda la vida de nuevo, era ella, quién más podría venir a visitarlo, quién sino ella se apiadaría de su alma.
La emoción lo envolvía y el corazón... ¡no, no debía engañarse! Podría ser cualquier persona, cualquier caminante solitario .
La luz se aproximaba... como una promesa. ¡No, no era ella, o sí! Podría ser ella, ella que regresaba para devolverlo a la alegría, a las ganas de vivir.
Temía perder esta esperanza nueva, esta luz, esta noche, este misterio ¿Y si no era ella, qué sería de su vida, cómo resistiría los años y los minutos?
Estaba quieto, de pie, frente a la ventana. El mar parecía fosforecer aún más, como si también él riera, como si diera comienzo la fiesta ¿Qué fiesta, qué alegría? ¿Y si la luz se alejaba? iAy! ¿Y si toda la vida la luz se alejaba? ¡Solo, solo! Estaba solo.
La luz relampagueaba como una estrella, como una luciérnaga furtiva. La luz relampagueaba ¡ay, si fuera ella, ay, si ya no estuviera solo!

Novela Sólo un escarabajo de Luis Alberto Battaglia


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sábado, septiembre 16, 2017

Y HOY MAMÁ...

Hoy que ya no tengo nada,
que ya nada puedo hacer,
que todo lo que puedo intentar
ya es tarde;
sólo me queda volver los ojos hacia atrás
para encontrar mi alma.
Escucho Serrat
que nos gustaba tanto...
mamá.
Tan sólo puedo hablarte en el recuerdo,
y a los amores de mi vida
una visita de domingo
y una nostalgia.
¿Un día fui feliz,
o fue tan sólo fantasía?
Mamá,
me pierdo en la distancia.

LUIS ALBERTO BATTAGLIA
Sábado 16/9/2017

PENÉLOPE (Joan Manuel Serrat)

Penélope, 
con su bolso de piel marrón 
y sus zapatos de tacón 
y su vestido de domingo. 
Penélope 
se sienta en un banco en el andén 
y espera que llegue el primer tren 
meneando el abanico. 

Dicen en el pueblo 
que un caminante paró 
su reloj 
una tarde de primavera. 
"Adiós amor mío 
no me llores, volveré 
antes que 
de los sauces caigan las hojas. 
Piensa en mí 
volveré
por ti..." 

Pobre infeliz 
se paró tu reloj infantil 
una tarde plomiza de abril 
cuando se fue tu amante. 
Se marchitó 
en tu huerto hasta la última flor. 
No hay un sauce en la calle Mayor 
para Penélope. 

Penélope, 
tristes a fuerza de esperar, 
sus ojos parecen brillar 
si un tren silba a lo lejos. 
Penélope 
uno tras otro los ve pasar, 
mira sus caras, les oye hablar, 
para ella son muñecos. 

Dicen en el pueblo 
que el caminante volvió. 
La encontró 
en su banco de pino verde. 
La llamó: "Penélope 
mi amante fiel, mi paz, 
deja ya 
de tejer sueños en tu mente, 
mírame, 
soy tu amor, regresé". 

Le sonrió 
con los ojos llenitos de ayer, 
no era así su cara ni su piel. 
"Tú no eres quien yo espero". 
Y se quedó 
con su bolso de piel marrón 
y sus zapatitos de tacón 
sentada en la estación.

https://www.youtube.com/watch?v=GXGYBybj5qo

FRENTE A LA FACULTAD

Yo te esperaba en las escaleras de la facultad,
y tús llegabas, tu carita llena de felicidad,
te daba un beso, te tomaba el brazo,
y los dos sonriendo
íbamos corriendo, hasta el bar de enfrente.
 
Un par de horas, unos cigarrillos, dos o tres cafés,
y hablar de cosas
de un montón de cosas llenas de niñez.
Amigos fuimos, simplemente amigos, pero tan amigos
que si nos quisimos, no lo confesamos ni una sola vez.
 
Tanto fue el cariño de nuestra amistad,
corazón de niño doblando la edad...
Yo no me arrepiento, si fuimos los dos,
solamente amigos, simplemente amigos
hasta nuestro adiós.
 
La despedida no dejó una herida ni dejó rencor,
la despedida fue en un largo beso, pero sin rubor,
miré tus ojos,
de tus grandes ojos una lagrimita
se escapó sonriendo, por tu naricita.
 
No me dijiste qué nos separaba, ni te pregunté,
lo presentía, me lo imaginaba, pero me callé.
La despedida fue en las escaleras, no en el bar de enfrente,
sin el par de horas, sin los cigarrillos, sin nuestro café...

Tanto fue el cariño de nuestra amistad,
corazón de niño doblando la edad...
Yo no me arrepiento, si fuimos los dos,
solamente amigos, simplemente amigos
hasta nuestro adiós.

Letra y música : Abel Aznar  (Abel Mariano Aznar) ,
                         Alfredo Gago  (Alfredo Francisco Gago) y
                         Rubén Sosa  (Rubén Neris Sosa)

SONETO (Lope De vega)

Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

LAS FURIAS Y LAS PENAS (Pablo Neruda)

..Hay en mi corazón furias y penas...
Quevedo


En el fondo del pecho estamos juntos,
en el cañaveral del pecho recorremos
un verano de tigres,
al acecho de un metro de piel fría,
al acecho de un ramo de inaccesible cutis, con la boca olfateando sudor y venas verdes nos encontramos en la húmeda sombra que deja caer besos.
Tú mi enemiga de tanto sueño roto de la misma manera que erizadas plantas de vidrio, lo mismo que campanas deshechas de manera amenazante, tanto como disparos de hiedra negra en medio del perfume, enemiga de grandes caderas que mi pelo ha tocado con un ronco rocío, con una lengua de agua, no obstante el mudo frío de los dientes y el odio de los ojos, y la batalla de agonizantes bestias que cuidan el olvido, en algún sitio del verano estamos juntos acechando con labios que la sed ha invadido.
Si hay alguien que traspasa
una pared con círculos de fósforo
y hiere el centro de unos dulces miembros y muerde cada hoja de un bosque dando gritos, tengo también tus ojos de sangrienta luciérnaga capaces de impregnar y atravesar rodillas y gargantas rodeadas de seda general.
Cuando en las reuniones
el azar, la ceniza, las bebidas,
el aire interrumpido,
pero ahí están tus ojos oliendo a cacería,
a rayo verde que agujerea pechos,
tus dientes que abren manzanas de las que cae sangre,
tus piernas que se adhieren al sol dando gemidos,
y tus tetas de nácar y tus pies de amapola,
como embudos llenos de dientes que buscan sombra,
como rosas hechas de látigo y perfume, y aun,
aun más, aun más,
aun detrás de los trajes y los viajes, en las calles donde la
gente orina,
adivinas los cuerpos,
en las agrias iglesias a medio destruir, en las cabinas que el
mar lleva en las manos, acechas con tus labios sin embargo floridos, rompes a cuchilladas la madera y la plata, crecen tus grandes venas que asustan: no hay cáscara, no hay distancia ni hierro, tocan manos tus manos, y caes haciendo crepitar las flores negras.
Adivinas los cuerpos!
Como un insecto herido de mandatos, adivinas el centro de la sangre y vigilas los músculos que postergan la aurora, asaltas sacudidas, relámpagos, cabezas, y tocas largamente las piernas que te guían.
Oh, conducida herida de flechas especiales!
Hueles lo húmedo en medio de la noche?
O un brusco vaso de rosales quemados?
Oyes caer la ropa, las llaves, las monedas en las espesas casas donde llegas desnuda? Mi odio es una sola mano que te indica el callado camino, las sábanas en que alguien ha dormido con sobresalto: llegas y ruedas por el suelo manejada y mordida, y el viejo olor del semen como una enredadera de cenicienta harina se desliza a tu boca.
Ay leves locas copas y pestañas,
aire que inunda un entreabierto río
como una sol- paloma de colérico cauce,
como atributo de agua sublevada,
ay sustancias, sabores, párpados de ala viva
con un temblor, con una ciega flor temible,
ay graves, serios pechos como rostros,
ay grandes muslos llenos de miel verde,
y talones y sombra de pies, y transcurridas
respiraciones y superficies de pálida piedra,
y duras olas que suben la piel hasta la muerte
llenas de celestiales harinas empapadas.
Entonces, este río
va entre nosotros, y por una ribera
vas tú mordiendo bocas?

Entonces es que estoy verdaderamente, verdaderamente lejos
y un río de agua ardiendo pasa en lo oscuro?
Ay cuántas veces eres la que el odio no nombra,
y de qué modo hundido en las tinieblas,
y bajo qué lluvias de estiércol machacado
tu estatua en mi corazón devora el trébol.

El odio es un martillo que golpea tu traje
y tu frente escarlata,
y los días del corazón 
caen 
en tus orejas
como vagos buhos de sangre eliminada,
y los collares que gota a gota se formaron con lágrimas
rodean tu garganta quemándote la voz 
como un hielo.

Es para que nunca, nunca
hables, es para que nunca, nunca
salga una golondrina del nido de la lengua
y para que las ortigas destruyan tu garganta
y un viento de buque áspero te habite.

En dónde te desvistes?
En un ferrocarril, junto a un peruano rojo
o con un segador, entre terrones, a la violenta
luz del trigo?
O corres con ciertos abogados de mirada terrible
largamente desnuda a la orilla del agua de la noche?
Miras: no ves la luna ni el jacinto
ni la oscuridad goteada de humedades,
ni el tren de cieno, ni el marfil partido:
ves cinturas delgadas como oxígeno,
pechos que aguardan acumulando peso
e idéntica al zafiro de lunar avaricia
palpitas desde el dulce ombligo hasta las rosas.

Por qué sí? Por qué no? Los días descubiertos
aportan roja arena sin cesar destrozada
a las hélices puras que inauguran el día,
y pasa 
un mes con certeza de tortuga,
pasa un estéril día,
pasa un buey, un difunto,
una mujer llamada Rosalía,
y no queda en la boca sino un sabor de pelo
y de dorada lengua que con sed se alimenta.
Nada sino esa pulpa de los seres,
nada sino esa copa de raíces.

Yo persigo como en un túnel roto, en otro extremo
carne y besos 
que debo olvidar injustamente,
y en las aguas de espaldas, cuando ya los espejos
avivan el abismo, cuando la fatiga, los sórdidos relojes
golpean a la puerta de hoteles suburbanos, 
y cae
la flor de papel pintado, y el terciopelo cagado por las ratas,
la cama
cien veces ocupada por miserables parejas, cuando
todo me dice que un día ha terminado, tú y yo
hemos estado juntos derribando cuerpos,
construyendo una casa que no dura ni muere,
tú y yo hemos hecho temblar otra vez las luces verdes
y hemos solicitado de nuevo las grandes cenizas.

Recuerdo sólo un día
que tal vez nunca me fue destinado,
era un día incesante,
sin orígenes, Jueves.
Yo era un hombre trasportado al acaso
con una mujer hallada vagamente,
nos desnudamos
como para morir o nadar o envejecer
y nos metimos uno dentro del otro,
ella rodeándome como un agujero,
yo quebrantándola como quien
golpea una campana,
pues ella era el sonido que me hería
y la cúpula dura decidida a temblar.

Era una sorda ciencia con cabello y cavernas
y machacando puntas de médula y dulzura
he rodado a las grandes coronas genitales
entre piedras y asuntos sometidos.
Éste es un cuento de puertos adonde
llega uno, al azar, y sube a las colinas,
suceden tantas cosas.

Enemiga, enemiga,
es posible que el amor haya caído al polvo
y no haya sino carne y huesos velozmente adorados
mientras el fuego se consume
y los caballos vestidos de rojo galopan al infierno?

Yo quiero para mí la avena y el relámpago
a fondo de epidermis,
y el devorante pétalo desarrollado en furia,
y el corazón labial del cerezo de junio,
y el reposo de lentas barrigas que arden sin dirección,
pero me falta un suelo de cal con lágrimas
y una ventana donde esperar espumas.

Así es la vida,
corre tú entre las hojas, un otoño
negro ha llegado,
corre vestida con una falda de hojas y un cinturón de metal amarillo,
mientras la neblina de la estación roe las piedras.
Corre con tus zapatos, con tus medias,
con el gris repartido, con el hueco del pie, y con esas manos
que el tabaco salvaje adoraría,
golpea escaleras, derriba
el papel negro que protege las puertas,
y entra en medio del sol y la ira de un día de puñales
a echarte como paloma de luto y nieve sobre un cuerpo.

Es una sola hora larga como una vena,
y entre el ácido y la paciencia del tiempo arrugado
transcurrimos,
apartando las sílabas del miedo y la ternura,
interminablemente exterminados.

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