viernes, marzo 16, 2018

NOCHE LARGA

  Debía marcharme, la tierra que me sostenía me hacía padecer, no había nada que me atara, ni familia, ni amigos, nada.
  La casa era enorme, llena de objetos, decidí entonces comenzar a vender lo que no me llevaría, que era casi todo: camas, mesas, sillas, el ropero aquel que odiaba, pero de todos modos conservaba… Poco a poco las cosas se iban mientras empacaba en las maletas algunas mudas de ropa que quería conservar y donaba el resto, que no volvería a usar, ya no las necesitaría a donde iba.
  Mis libros fueron ordenados y puestos en cajas firmes, son mi mayor tesoro y mi única compañía, no iba a dejarlos. Muchos de ellos eran obsequios, otros tantos tenían la firma de sus autores, algunos marcaron etapas de mi vida. No, no podía dejarlos.
  Había una chiquilla en el barrio, la conocí el día que entró a mi casa porque vio la puerta abierta, me pareció una falta de respeto y me dirigí a ella con el fin de reñirle por su impertinencia, pero al ver su cara extasiada al ver mis libreros, me recordó a mí en otros tiempos, cuando habiendo aprendido a leer, me llevaron  por primera vez a una biblioteca. No pude enojarme. Me detuve en seco en el marco de la puerta, la dejé curiosear hasta que me habló y me preguntó si todos esos libros eran míos. Cuando le respondí que sí, abrió los ojos como dos lunas, ahí note que brillaban, eran oscuros, profundos y llenos de curiosidad. Le dije que le podía prestar alguno, si le interesaba algún título, pero debía cuidarlo y traerlo de regreso si quería llevarse otro. Pasó los dedos por los lomos y finalmente escogió uno de mis favoritos de la infancia “Aliciaen el país de las Maravillas”. Volvió cada segundo o tercer día a dejarme el libro leído, en perfectas condiciones. No hablaba mucho, solo me hacía un par de comentarios de la última lectura, me daba sus impresiones tan simples y tan maravillosas, elegía otro texto, me sonreía y se marchaba.
  Una tarde, estando yo en cama, golpeó fuerte la puerta, no solía estar cerrada, pero ese día no había podido levantarme; con dificultad me levanté a abrirle, me vio, me tomó de la mano y me llevó al sillón, buscó en algún sitio una manta y me cubrió con ella, salió en dirección a la cocina, la escuché abrir y cerrar gavetas, hasta que apareció ante mí con un humeante taza de té y limón, endulzada en su punto justo con miel. Entonces entendí que había un lazo especial. Charlamos mientras me bebía su gentil medicina y antes de que se marchara, le dije que bajo la maceta de las hortensias, había una llave, si yo no habría la puerta, ella podía entrar y cambiar el libro, que me dejara una nota si yo no estaba y me la dejara junto a la mesa de lectura.
  Eso se repitió por años, 5, 6, no lo recuerdo, ella creció, como nuestra extraña amistad, ella era todo lo que llenaba mi vida, compré muchos libros pensando en que ella amaría leerlos y no me equivocaba.
  Cuando mi vida se convirtió en un caos, ella desapareció, no tenía relación con mis problemas el que ella desapareciera, pero coincidió. Pensé en “Los versos del capitán” que se había llevado y que ojalá esos versos la llevaran a ser feliz, esperando un día volver a verla. No le pregunté a nadie por ella, en parte porque no solía hablar con mis vecinos y por otro lado, la amistad entre un infante y un adulto no es bien vista. No quería más problemas, mi vida estaba llena de ellos y era por ellos que llega a este punto de regresar sobre mis pasos a la tierra que me vio nacer. Guardar los libros me recodó cada visita, hubiese querido dejarle algunos libros de regalo, pero ya no estaba.
  Lentamente la casa fue quedando vacía y mis maletas y las cajas de lo que me llevaría, apiladas en un rincón. La empresa que llevaría mis cosas al norte, retiró todo, finalmente, cerré la puerta y me dirigí a la estación.
  Me acomodé en mi asiento, de mi morral saqué mis anteojos, un libro y me puse a leer, no quería entablar conversación con ningún pasajero que me tocara junto. El viaje sería largo y me incomodaba la conversación con extraños.
  Cuando nos pusimos en marcha, miré por la ventana y comencé a decirle adiós al paisaje, era hermoso, no podía  negar eso de esa ciudad que me albergó tantos años, nunca la hice mía, luché contra las estaciones mientras añoraba mi propia tierra siempre llena de sol y tan cerca del mar. El camino era largo y ambos lados podía ver árboles cubiertos de frutos por madurar, el sol filtrándose por sus ramas, el aroma embriagador. Quizá lo extrañe, pensé.
  Me dormí, no sé cuánto tiempo, quizá varias horas, las últimas semanas habían estado cargadas de emociones y el cansancio me agobiaba, no había logrado dormir hasta ese momento.
  Al abrir los ojos, estaba oscuro, en silencio. No había nadie a mi alrededor. Me puse de pie y caminé hasta la puerta del bus. Descendí despacio, no puedo negar que me invadía el miedo. Era muy extraño que el bus se detuviera, todos bajaran y yo no me diera cuenta.
  Abrí la puerta con dificultad y salí. Afuera estaba fresco, no había nadie, la tarde estaba llegando a su fin. Me senté en la arena a ver el sol perderse en el eterno horizonte, en mis años de juventud solía conducir mi automóvil un par de horas, para ver esta maravilla que es el cielo arrebolado de la pampa. Yo conocía este paisaje, este me era propio. Sal, caliche, chuzca, el desierto del norte grande. Miraba los cerros cambiar de color, hasta ese punto hermoso que pasa del rojo a un purpura oscuro que rápidamente se hace negro. La temperatura bajó, cerré mi chaqueta y me quedé ahí.  Mientras atardecía, no escuché pasar ningún auto, en el embeleso que producía el paisaje a esa hora me llevo al punto de despreocuparme del todo. Me encontraba sola, sin saber en qué lugar me había quedado, en medio de la nada, se hacía de noche y podía sentir que mi piel se erizaba recordándome, que la temperatura bajaría más aun, muy pronto. Sabía que llevaba horas sin comer y sin embargo, no tenía hambre.
  Busqué una manta en los compartimientos sobre los asientos y me cubrí con ella, no recordaba que fueran tan tibias y suaves. Quise caminar a la carretera a esperar que alguien me llevara a algún lugar al menos poblado.
  Entonces caí en cuenta que no había carretera, el bus estaba estacionado en medio de la arena y rodeado de la nada, como yo.
  Miré al cielo, las estrellas empezaban a asomarse y tras unos cerros se veía la luz de la luna. Recordaba haber leído muchos libros donde las estrellas guiaban a los viajeros, en otros de astronomía había logrado aprender a distinguir constelaciones, sabía exactamente como calcular dónde estaba el sur a través de “La cruz del sur” y en mi mente imaginativa, pensé usar esos conocimientos para buscar civilización. Mi lado consiente y lógico me detuvo ¿hacia dónde seguiría las estrellas?... y me senté en la arena… la noche sería larga.
  Subí al bus y recliné el asiento, me acomodé para dormir y esperar la mañana, pero no tenía sueño y toda esta situación tenía mis pensamientos revolucionados. Entonces decidí que era tiempo de caminar, mi yo lógico decía que no, mi instinto  decía lo contrario. Nunca seguía mi instinto, soy una persona lógica, pero también es cierto que jamás me había visto en una situación de este tipo, era tiempo de hacer las cosas de modo diferente.
  Hacia el Oeste está el mar y hacia allá caminaría. Miré al cielo, el único modo de seguir ese rumbo, es mantener siempre a mi izquierda el sur.
  La luna se asomaba hermosa, llena, radiante. Sería ella quien me acompañara, me facilitaba las cosas, iluminaría mis pasos.
  Caminaba bajo el cielo negro plagado de estrellas, resumiendo mi vida hasta entonces, contando la soledad que había elegido después del abandono, buscando la razón por qué no había conocido otros lugares o por qué había tardado tanto en hacer un cambio en mi vida.
  El cielo me recordó los ojos de la niña, trataba de recordar su nombre, pero no podía, me invadió un sentimiento de tristeza hasta que unos pasos muy cerca me sobresaltaron. Es cierto que la luna iluminaba, pero tampoco lo hacía lo suficiente. Los pasos se acercaban a mí y en mi mente imaginé como sería mi muerte y como esta quedaría impune porque estaba en medio de la nada y nadie oiría mis gritos pidiendo auxilio y..… Entonces, estaba ahí, sus ojos oscuros y esa tierna sonrisa, ella estaba ahí, Inés, recordé su nombre, no podía olvidarlo si mi abuela se llamó así y me alegré y me asusté al mismo tiempo. Tengo que estar alucinando, pero en los libros solo aludían los que han caminado bajo el sol, jamás he leído que alguien alucine bajo la luz de la luna, salvo unos guardianes de cierto libro que eran hipnotizados por ella… y así mil pensamientos hasta que ella me tomó de la mano. ¿Estás bien? Me pregunta, y le respondo con otra pregunta ¿Qué haces aquí? Resultó que vivía muy cerca, o al menos eso dijo, que le gustaba ese paisaje, que salía a caminar por las tardes para ver el atardecer y luego vagaba un poco por la noche antes de volver a casa. No la culpaba por ese extraño gusto.
  Caminó junto a mí mientras ella me guiaba, en la misma dirección que yo había escogido, estaba a salvo y muy cerca, estaría en un sitio habitado.
 Me contó de su viaje, de que no extrañaba la lluvia, que recordaba los libros leídos de mi biblioteca y que aún tenía el último que no me había regresado. No quise preguntarle por qué no me había dicho adiós, yo tengo muchas razones para no hacerlo cuando parto de algún sitio y quizá ella también tenía las suyas.
  Escuchaba atentamente como me narraba su vida estos dos últimos años ¿dos años desde que nos dejamos de ver?, si, dos largos años. De cómo había aprendido a valerse por sí misma, a dejar de tener miedo, a amar la soledad y que se sentía lista para aprender que significaba amar. Un golpe en mi estómago me recordó lo que eso había significado en mi vida y no quería volver a vivirlo, pero ella hablaba del amor con la misma emoción con que se leen cuentos románticos con finales felices, tenía una idea hermosa del cosquilleo en el vientre, de las aves en la cabeza, de lo que sería su primer beso y yo tenía el impulso de decirle que eso era efímero, que luego el cosquilleo se vuelve dolor, que los pájaros se hacen angustia y finalmente, llegaba el sufrimiento, que no valía la pena el riesgo.
  Entonces supe que la amaba, amaba a esa niña que ya no era una niña, era una mujer, me di cuenta de que había extrañado a esa niña que no tenía prejuicios, que soñaba con el futuro. La amaba de un modo extraño, como si me perteneciera y quisiera dejarla libre. No, amar no siempre debía ser doloroso, se podía amar de mil formas y yo lo había leído en tantos libros sin llegar a comprenderlos y esta noche lo estaba entendiendo todo desde la voz de una chiquilla.
  Caminamos muchas horas, lo sabía por cómo la luna avanzaba por el cielo, le pregunté cuanto faltaba para llegar a destino y me respondió que muy poco.
  Sin duda era una noche larga, eterna, pero su voz podía calmarme, me gustaba oírla y ver sus ojos oscuros, profundos, brillantes, igual al cielo sobre nuestras cabezas.  Un aroma familiar me regresó a la infancia, venia de alguna cocina, quizá muy cerca, recordé esos días en que volviendo de la escuela, mi abuela Elsa me esperaba con el almuerzo caliente, amaba los días en que sobre la mesa se posaban esos platos blancos con dibujos celestes que yo creí siempre que eran dragones, con pantrucas preparadas por ella. Ella se sentaba junto a mí a contarme historias de los lugares donde había vivido, pueblos olvidados y lejanos. Podía ver en su rostro la remembranza y luego decirme que los cambios daban miedo, pero siempre era para mejor, la extrañaba, la extrañaba tanto como a sus crisantemos blancos sobre la mesa, como a su regazo tibio enjugando mi llanto, a sus manos laboriosas… mi vida era un eterno extrañar.
  Era en la casa de Inés que hervía una olla llena de ese plato que amaba, comí con la avidez del hambriento, no me cuestioné quién la había preparado, sabían igual a las de mi abuela y lloré. Las lágrimas comenzaban a huir de mí a raudales, Inés acariciaba mi cabeza y yo dejaba salir mi llanto, no recordaba hacía cuanto había llorado de ese modo, sentía que mis entrañas se vaciaban, que quedaba vacía, si lágrimas, sin sangre, sin alma. Lloré horas hasta que salió la última lágrima y pude respirar. Afuera aún era de noche y podía ver la luna a través de la ventana. Jamás había tenido una noche con tantas horas.  Abracé a Inés, me escondí en su pecho, olía a lavanda fresca, sentí los latidos de su corazón, fuertes, joviales… Entonces la miré a los ojos y le dije que la amaba, por quien era, por recordarme quien fui, le dije que no quería dejarla, que la necesitaba.
  Me separó dulcemente de ella, sonriendo me prometió nunca abandonarme, que me amaba del mismo modo en que yo lo hacía ahora, que esperaba desde hace años que yo le amara… Entonces, me vi en ella y lo entendí.
 Un brusco movimiento y el sol en la cara me hicieron abrir los ojos, estaba en el bus, llegando a destino, a mi lado no había nadie, solo un viejo ejemplar de “Los versos del capitán”.
  Al descender del bus, unos ojos pardos se encontraron con los míos, un antiguo amigo estaba ahí, había venido a buscarme, sonrió y entonces, mil mariposas se arremolinaron en mi vientre y supe que estaba lista para amar, que el amor estaba esperándome en una estación y solo tenía que regresar.
  Una noche larga, quizá fue un sueño, pero Inés está conmigo, no deja de hablarme y decirme que me ama, no deja de infundirme valor y lo sé, la recuperé para siempre, me paro frente al espejo, la miro y le repito que jamás la dejaré ir, ella me sonríe desde esa eterna juventud que no se escapa de mis ojos desde que la traje conmigo esa larga noche bajo las estrellas.

CAROLINA GONZÁLEZ VELASQUEZ (la publicación de este texto comenzará en Nuevas Letras nº 25 REVISTA DE PAPEL Y VIRTUAL y continúará en varios números más -probablemente 2- acá podés leerlo entero)



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