lunes, febrero 11, 2019

PARTICIPANTES 2º concurso literario Nuevas Letras

CABALLITO ME INSPIRA (orden alfabético por título)

La entrega de premios es el 16/2/2018 a las 20 en El Viejo Buzón Neuquén 1100

SON TODOS BIENVENIDOS (HAYAN O NO PARTICIPADO) Y VAMOS A HACER TAMBIÉN EL FESTEJO POR EL CUMPLEAÑOS DE CABALLITO




POEMAS FINALISTAS


ALMA DE VELETA  Emiliano Gurrierre 3º PREMIO

Duermen
En dos charcos de agua
Sobre la vereda quebrada 
los ojos de mi barrio
Vapor iluso que vuelve al cielo

Late
Rebotando un canturreó
Con susurros de los ecos 
Su Corazón de ritmo subterráneo 
Pulso de un Bs As revuelto

Besa
piel de asfalto flotante
Arrugado remango de empedrados
Con labios y boca de tormento
Pintando rieles de rubor oxidado

Abrasa
Al tiempo juguete perdido
En cualquier avenida
Con venas de acero 
Y manos de tranvía

Despiertan
Cómo espejos de los charcos
Tus apupiladas  vidrieras
Y somos páginas andando
Con historias verdaderas

Llueves
Gotas de pasos transeúntes
Libros en  el silencio de los libres
Los sueños que nos fundaron
 Aguardan otros porvenires

Suspiras
En tus pulmones de parques 
Resuenan el rumor de los romances
Los árboles conservan en sus hojas 
Los niños desconocen el secreto

Vuelas
Caballito danzante crines de hierro
Caricia de bandoneón es tu galope
Como un silbido del viento  
Alma de veleta señalando el horizonte



* AQUELLA PLAZA Florencia Cáceres

Coincidí en aquella plaza
Coincidir es fácil, conectar es un verbo distinto

Apegarse al viento y el aroma de esos libros
Cada semana, en la misma plaza

Allí encontrabas letras, ellas mismas desbordaban sentido
Si tenía que ser selectiva, elegía la poesía

Éramos dos que existían porque había una necesidad, generar un sentimiento o llegar a producir uno

Se pronuncian y se buscan
 Entre el viento, estaciones

Buscando mi estrofa vi a un costado y leías a Gelman
Veía salir versos de tu boca, quería leerte
Quedarme en la ciudad, en el paisaje de tu mirada

En la plaza hay poesía… ¿O la plaza es poesía?
Nos acercamos por primera vez, sentía que te conocía de toda la vida
Tocaste el mismo libro, en la misma dimensión, en el mismo horario y sobre mi mano

Explotaron chispas, primera vez que te conocía
Primera vez que quise que mis manos estén encajadas junto a las tuyas

Desde entonces vengo cada semana con la esperanza de volver a verte
Porque nuestras almas siguen encontradas en la profunda y límite nada

Interactúe junto a las calles, junto a esas frases
Aprendí a hablarte sin decir ni una palabra
Mi lengua empujaba entre mis dientes

Todo de mi quería tenerte desde entonces para siempre


* CABALLITO  Eduardo Florindo Bianchi <

Arboledas añosas, centinelas de calles empedradas
Gozo con tus olores tempranos del amanecer, 
Caminando gozoso al fresco de tu mañana y tu quehacer.
CABALLITO…rejas despintadas, casas de jubilados,
Casas con patio, libertad del ayer.
Morirán mañana. La envidia las matará, 
Envidia de departamento apretujado entre paredes.
Y morirán las siestas del verano, de reposera y sangría.
CABALLITO…insólita frontera…abrazo del ayer y el hoy.
Aún puedo beber el zumo de tu pasado,
Detener el péndulo temporal enredándolo en un jardín abarrotado de verdes y macetas.
Repasar historias chicas en los frisos dentelleados por la lluvia
CABALLITO…amo tu vejez, bebo tu gloria pasada
Y aunque te conocí ya grande…como un niño gozo tu protección
CABALLITO…déjame quererte te pido, 
De aquellos que te aman quiero ser amigo…
Y cuando el tiempo pase en inexorable y lento compás,
Abrazado a una piedra de tus calles…me acunarán tus ruidos
…Y MORIRÉ EN TU PAZ. 


* CABALLITO (2) Epifanio Céspedes 1º PREMIO

En la apacible tarde de febrero
caballito es la plácida sorpresa,
quieta revelación, fija belleza
que desprecia el presente vocinglero

del centro (es casi el centro pero aún tiene
manantiales de sombra reposada).
Dos ángeles de yeso en la fachada
sonríen al incauto que detiene

Hay un verso de Banchs que profetiza
que no hay como ese velo anochecido
para pensar lo que es, será y ha sido,
lo que pudo haber sido y lo que lisa

y llanamente es obra de ilusiones.
¿Quién sabe si estas formas en el piso
no son el fiel reflejo y el preciso
inventario de aquellas emociones?

Me siento aquel poeta que se aleja
para extraviar sus huellas del camino
y entiende, resignado, que el destino
es ese amor que huye y no lo deja.

Veredas serpenteadas de adoquines,
silencio que me lleva hacia otros valles
de sombra, pájaros, quietud y calles
comparten el candor con los jardines.

Bertres, Ferrari, Mitre y su tranvía,
Goyena y el orgullo de sus luces,
alto Cid ante el fárrago de cruces,
Rivadavia y sus aires de Gran Vía.

Estas alhajas son del que camina,
del transeúnte anónimo que observa
cada oasis latiendo en cada esquina,
cada gema que el negro le reserva.

Cuando la noche intrépida se imponga,
de aquellas formas sólo habrá jirones,
pero el grave prodigio lo prolonga
la recia dignidad de los balcones.


*  EL VIEJO BUZÓN Gilse Nadeo

Me voy p’al Viejo Buzón
a rajarle a las tristezas
a sentarme a alguna mesa
y a escuchar una canción
es que ahí alguna esperanza
el viento siempre te alcanza
o la trae una gargamta... que canta
allá en “El ViejoO Buzón”
no sé cómo lo encontré.
¿Qué es la casualidad?
será que yo lo busqué
o me guió la soledad
de mi alma apasionada
por cambiar la realidad
y acá vengo cada noche
a una mesita de  afuera
por esa costumbre fulera
de no para de fumar
tanta magia en esa esquina
tapizada de recuerdos
de baldosas blanco y negro
de machimbre, de canción.
Extraño bar de otro tiempo
de sillitas medio ajadas
persianas de hierro pesadas
y atención de corazón.
acá todos son amigos
te lo juro por mi vieja
mi adorada vieja hermosa
pero, si no me creés…
andá a Neuqué y Espinosa
y mirá las seis esquinas
ahí lo vas a encontrar
cuidadito y bien plantado
no es que viajaste al pasado
no te inquietes compañero
es que aún queda parado,
el ultimo y colorado
mi amado... “El Viejo Buzón”


* ESQUINAS Guido  Herzovich

En Buenos Aires
no quedan esquinas.
Ni siquiera esta.
Esto no es un pliegue del tiempo.
No existen pliegues del tiempo.
Cuando había esquinas
la gente no era más feliz
pero había esquinas.
Cuando había esquina
los chicos tardaban años
en llegar a grandes.
Llegaban perlados por la lentitud,
los cubría una capa de polvo.
Dos paisanos se dan permiso
para echar el primer sobre
al buzón:
si total todas las cartas
llegaron varias décadas después.
En Buenos Aires no quedan esquinas
solamente media cuadra
sobrevive al desgaste.

                                                                                                                                                                



* MI NIDO Federico Faela

Ni nido, ni hogar, ni madriguera
Ni aposento, ni claustro
Ni tapera.
No hay patio
No hay aljibe 
nNo hay higuera.
Sin alcobas, niños, o galería
Sin cocina, retretes
Ni alegría.
No hay zaguanes
Árboles
No hay jardines.
Ni puertas
Ni ventanas
Ni cojines.
Hogar entre hogares
Siempre míos
Avelino, Neuquén
Ramos Mejía, Larrea
Emilio Mitre, Bulnes
Nicasio Oroño o cualquiera.
Nuestras son, van a ser
Y siempre  fueron
Aquellas benditas paredes
Escoltas de mis insomnios
Anfitrionas de atardeceres
En sueños recurrentes las visito
Las percibo como antes, tan reales
Mi grata memoria las evoca
En nostalgias de patios y de umbrales.



* MISTURAS DE CABALLITO Norma I. Núñez

Caballito se tiñe de verde
cuando el club de sus amores se bate en la cancha
y un solo grito Vamos Ferro!! recorre sus gargantas…
Y ahí van los corazones de los hinchas…
Los mismos que la noche anterior robaron besos
en el Parque Rivadavia…
Los mismos que mezclados van a los museos
y se piden un café en el Viejo Buzón,
mientras un tanguito hace la segunda
de un coro de misturas que recorren
sus calles teñidas de sol y de nostalgia.
De viejos bailarines y de los que guardan
en su manga un as de  pura magia.


* NOCHE DE VERANO EN UNA VENTANA DE LA CALLE BUEAUCHEF Silvia Durruty 2º PREMIO

Entrañables insomnios y letargos.
Nuestros sueños se conjugan.
Invocan la magia.
Emoción. Sinrazón alucinada.
Embriaguez de lunas, vagabunda.
Sella el verano el olor de las flores.
Tu piel húmeda emana 
dulzor blanco y nostalgia.
Telones se elevan, develan,
luces y sombras vacilantes.
Nuestros cuerpos se anudan,
ligan, sumergen, enredan. 
Sentimiento en llamas.
Sudan lágrimas de amor.
Una brisa espesa, apacible
se cuela, discreta, 
entre las cortinas blancas.
Sed, hambre, ternura,
se apoltronan sobre
el colchón ruinoso del nido.
Juegan los cuerpos,
sudan lágrimas de amor.
Las estrellas, curiosas,
iluminan la ventana del tercer piso

de la calle Beauchef.


* SECRETO DE BARRIO Azucena Cerundolo 

Tardes calurosas a la espera
del fervor de su hinchada.
Barrio de amigos,
noches de café.
Mesas guardianas de secretos
del poeta.
Mesa trise, ante la pena
de la piba más linda del rioba.

La mano del artista
pincela su vida.
Vestida de oleos,
a golpe de cincel,
caminó por sus calles,
con proyectos bajo el brazo.

Café de la esquina.
Guardián de tu gente,
al amparo del viejo buzón,
custodio de secretos marchitos
que nunca llegaron.

¡Caballito barrio y corazón
de la ciudad!



CUENTOS FINALISTAS


* CANCIONES DE OTOÑO Celia Otero 2º PREMIO

Sentada en el añoso ombú del Jardín de Infantes Ravioli, esperaba a su nieta, cuando sintió una mano en el hombro y al levantar la mirada, vio a un señor que le recordaba a alguien.
—¡Clarita! Tantos años y encontrarnos acá, ¡qué casualidad! – mintió, llevaba días siguiéndola- ¿vos sabés que justamente ayer pensaba en aquellos bailes de carnaval de Ferro?
Fue por la voz que lo identificó. Julio, uno de los amigos de su adolescencia. Rememoró las tardes en Ferro, encuentros en grupo después de hacer deporte, y sobre todo las noches de carnaval.
—¡Tanto tiempo! Es verdad que la vida pasa volando, no nos vemos desde la fiesta de mi casamiento. Yo no me fui nunca del barrio. Ahora vivo sobre el pasaje Escribano, que comienza en la estación de Servicio de la esquina de Río de Janeiro.¿Cómo no nos encontramos nunca?
—Después que te casaste, Clarita, me fui al interior, la empresa me dio la oportunidad del traslado y aproveché. Quería poner distancia.
Entonces ella recordó que habían tenido una especie de romance, fugaz. Un verano de pileta, que entre mate y partida de truco, a la sombra de las mesas del Club, “se le había declarado”.
—Tengo que entrar ya Julio -se había abierto la puerta del Jardín y eso la salvaba de esta situación confusa, Melisa se inquieta si no me ve.
Desde la ventana del aula espió la carita ansiosa de esa nena que le había conquistado el corazón. Ella había logrado paliar el vacío de un hogar en el que había quedado sola.
Por más que se repetía que era la ley de la vida, las horas se estiraban en melancólicos recuerdos de Alberto, ese hombre que, desde la juventud dorada de la barra del Club, la había acompañado hasta hacía dos años. Un día decidió partir y se desplomó en la esquina de su casa de la calle Formosa.
—Fulminante, dijeron los médicos del Same, que llegaron en minutos. Lo llevaron al Durand, pero ya era tarde.
En unos meses decidió mudarse, la casa les quedaba grande desde antes, cuando estaban los dos. Sin embargo Alberto nunca admitió una mudanza, ni hablar de dejar ese lugar que había sido la vivienda que había logrado después de años de esforzado trabajo y ahorro, la vivienda definitiva, decían los de la inmobiliaria. Como si algo fuese definitivo en la vida, vaya un absurdo, pensaba ella, cuando veía fotos en las que iban desapareciendo personajes, de a poco, unos por la edad, y otros porque se habían radicado muy lejos.
Pero ella no se aferraba a las cosas materiales, había entendido que estamos de paso, que la vida es una película y no un fotograma. Que nos vamos bajando del tren
sin saber en qué estación. Mudarse no fue un tema que le costara, al contrario. Había comenzado la otra etapa, la que seguramente sería la última foto.
Se abrió la puerta del aula y Melisa corrió hacia ella arrastrando su mochila y le pidió, como siempre, la visita al kiosko e ir un “ratito” al parque Rivadavia, que las esperaba con sus juegos, la fuente, y las antiguas estatuas que le recordaban su infancia.
También daban una vuelta por el fascinante pasillo de venta de libros y discos. Ese era uno de los paseos favoritos de Alberto en las noches de verano, que se completaba con la heladería de la esquina. Después iban al Coleccionista, tomaban el café mirando por la ventana.
Cuando cruzó Rivadavia vio que Julio caminaba a su lado, llevando de la mano a un pequeño de delantal azul a cuadritos.
—¿Tu nieto también va a salita azul? Entonces es compañero de Meli.
—No es mi nieto, sigo soltero, es el de mi hermana, ella está mal de salud y la reemplazo. Además me queda muy cómodo, el negocio lo tengo acá nomás. Mi sobrina pasa a la vuelta del trabajo y se lo lleva a casa. Es en lo que puedo y gusto colaborar, ellos son mi única familia, y siempre me han acompañado. Por donde anduve, itinerante, nunca dejaron de visitarme y recibirme.
—Pero acabás de decir que tenés negocio por acá, en el barrio.
—Lo armé en los últimos años, cuando la nostalgia me ganó, dejé las sucursales en manos de franquicias, es lo más práctico. Volví para instalarme en la casa de mi infancia. Aún estaba en pié, no dudé, ya sé que es demasiado grande pero no quería que la compraran para demolerla.
—Me acuerdo, era en la calle Doblas, un caserón. ¿No te sentís perdido en tantas habitaciones?
—Mi sobrina está separada y tiene el nene, mi hermana viuda y le queda otro hijo soltero, que no tiene miras de cambiar de estado. En total somos seis, con la señora que nos ayuda. No creas que estoy muy solitario. A veces extraño el silencio de otras épocas, en tantos sitios que fui lobo estepario. Pienso que en el futuro volverán, las fiestas, las reuniones, los adolescentes desprolijos y que desvalijan heladeras, como hicimos nosotros… si al fin les va a quedar para ellos.
Se sentaron bajo una sombra, las palomas revoloteaban esperando el maíz que los chicos insistían en arrojarles y entonces se lanzaban en grupo, domesticadas ya, miraban a sus benefactores esperando más alimento.
—No sé cómo pudiste vivir lejos de estos lugares, yo respiro felicidad en cada rinconcito. Los domingos no me pierdo la mañana del Parque Centenario, es como tener un Club de Campo personal, aprovecho a caminar, rodeada de jóvenes que van enchufados a sus auriculares, trotando o corriendo. Yo ya no estoy para esa velocidad, pero doy la vuelta completa.
Él le explicó cómo pudo que había tenido una decepción amorosa, que prefirió alejarse de los lugares que le recordaban sus sueños frustrados.
—No podía volver a bailar en las veladas del Club Italiano que, salvo los Carnavales, era el sitio obligado del grupo. Ahora está modificado, en parte, pero conserva su ambiente y su estilo. Todo está plagado de mi historia. En el “ Primera Junta” hice hasta sexto grado, en la Iglesia de al lado tomé la comunión. Y en Comercial 17 el secundario. Nada me es ajeno Clarita, solo que elegí el extrañamiento, no quería ser Sócrates.
Quedaron en verse el sábado en el Mercado El Progreso, recorrerlo, con sus puestos de otra época, y después ir hasta la esquina de Emilio Mitre, para recrear el origen del nombre de Caballito.
—Además estaría bueno dar una vuelta en el tranvía, que tiene un recorrido justo para nosotros, los nostálgicos del barrio.
—Dicen que el edificio en que se inspiró Baldomero Fernández Moreno era uno de Rivadavia al 5800 y no el de la Corrientes que siempre se lleva las palmas. ¿Te acordás? “Setenta balcones hay en esta casa…”
—Setenta balcones y ninguna flor, pero no era verdad, estás vos, que sos un pimpollo, le dijo. Y agregó: también era del barrio Evangelina Salazar, cerca de Gaona y Donato Álvarez creo. Palito la conquistó, y aún continúan juntos: “Primer amor nunca se olvida, primer amor es el dolor, Es cosa de la edad, que a veces es dolor, dolor y soledad…”.
Cuando lo escuchó entonar recordó que era el que animaba las fiestas, cantaba todo lo que le pedían y hasta rascaba la guitarra, como decía, burlándose de sí mismo.
Clara se fue pensando que en toda la conversación con Julio había un mensaje que no terminaba de descifrar. O no quería. No voy a pensar que fue por mí que se alejó, pero si hago cálculos, se fue justo después de mi casamiento y no lo vimos más. Sin embargo el cariño al barrio lo conservó y no tiene pareja.
Se fue a dormir soñando que la primavera siempre está, aunque las hojas del otoño nos anticipen el invierno. Hay una luz especial y flores que perduran más allá de las estaciones.
A medianoche la despertó el teléfono, le costó reconocerlo, hasta que escuchó “Como antes, más que antes, te amaré, Por la vida, yo mi vida te daré, Nunca a nadie quise tanto como a ti”…
Se le humedecieron los ojos, sonrió y de pronto recordó que se habían dado el número del celular. Buscó el whatsapp y le mandó un mensaje de voz:
“Tu eres para mí…destino de mi amor, y siempre fiel a ti, mi corazón latió.
La madrugada los encontró jugando a planear su futuro a través de canciones 




* CARA DE ESCOBA (EL FASCINAL) Cesar Meli

        Caballito en los años cincuenta, era todavía un barrio donde la calle era el patio de juegos de los más pequeños, al terminar junio, el gran festejo era la fogata de San Pedro y San Pablo, una gran hoguera donde se quemaban los malos deseos y se alimentaban los sueños a alcanzar,  los vecinos colaboraban con los chicos aportando ramas secas ya que era época de poda,  además de muebles y trastos viejos que sobraban en sus casas que todavía tenian parra donde los racimos de uva florecían en primavera y daban su fruto en verano. El lugar preferido para jugar era la calle Canalejas al 1100 hoy Felipe Vallese la única asfaltada  de la zona allí eran costumbre las competencias con los carritos construidos con madera y rulemanes usados que los mecánicos del barrio gentilmente regalaban, el poco  tránsito de entonces permitía estas carreras, un niño sentado manejando el pequeño vehículo construido por ellos mismos y otro empujando completaban destreza e impulso, seis competidores en línea uno señalando la largada y a correr atrás de la ilusiones infantiles que llenaban de alegría la calzada, ni hablar de los partidos de futbol que no solo se disputaban en esa calle sino que también en las adoquinadas de vereda a vereda con arcos en diagonal, en ese caso los arcos delimitados por un árbol y la pared, o en el caso de la cortada de canalejas con dos bultos de ropa delimitando la línea de sentencia, cuantos goles se habrán gritado en la calles de Caballito Norte. Los protagonistas de esta historia tenian una ventaja respecto de las barras cercanas, el baldío de la calle Pujol, sede exclusiva de los menores habitantes de la cuadra, el terreno era el punto de encuentro de los chicos a la salida del turno tarde de la escuela vecina y sin importar el frio del invierno a la luz de la vela nació Cara de escoba, es que las fogatas eran coronadas por un muñeco construidos por la purretada.
Primero se armó el cuerpo con un viejo traje relleno de aserrín, pero lo más difícil era encontrarle una cara, alguien sugirió una calabaza, pero la idea no prospero, otro una pelota, hasta que a alguien se le ocurrió que una escoba era la solución, todos estuvieron de acuerdo y por fin el muñeco tuvo rostro. Varias semanas antes del 29 de Junio, Día de San Pedro y San Pablo, donde habitualmente se encendía la fogata, el muñeco estaba listo.

Mientras llegaba la noche de la quema, “El Fascinal”, nombre que le habían dado al terreno sus ocasionales moradores, era el depósito donde se almacenaban las maderas y todos los elementos destinados al fuego, botín más que interesante para los organizadores de las otras fogatas vecinas ya que en cada cuadra se organizaba una para esa noche especial, “Cara de escoba” era el guardián silencioso de tan preciado tesoro. Con el correr de los días los protagonistas de esta historia se encargaron de darle vida al muñeco en los juegos y las aventuras que en ese lugar disfrutaban. Era habitual que cara de escoba estuviese sentado en la mesa con ellos jugando a las cartas. Dicen que aprendió a jugar al chin chon, en ese grupo nadie quería perder la partida y cuando anotaban los puntos, la diversión era jugar a hacerle trampa al  muñeco, cambiándole la puntuación. Por fin llego la noche del festejo, la hoguera ardió como nunca las lenguas de fuego se devoraron a Cara de escoba, que volaba al cielo en forma de estrellas doradas que iluminaban la cara de sus creadores, como siempre sobre las brasas de la fogata se cocinaran chorizos, papas y batatas que esa noche tuvieron  gusto a tristeza, si es que la tristeza se pueda degustar, es que los chicos empezaban a extrañar al muñeco   Cuenta la leyenda que al tiempo a cada uno de ellos se les fue presentando en sueños Cara de escoba,  pidiendo revancha al chin chon. En esos sueños cara de escoba siempre ganó, terminando cada partida con una sonrisa socarrona y un guiño de ojo aceptando su destino de muñeco sacrificado en San Pedro y San Pablo




* CARTA DE UN FAROL ENAMORADO Nestor Bau

---Shh…Shhh!...Shhhhh!!!, a vos, sí a vos Néstor, aquí, un poco más arriba, sí soy yo el que te habla, el Farol, aquí, saliendo a la derecha de este inolvidable patio de Ferro, donde los sueños y los romances más profundos se fueron tejiendo durante mucho tiempo en bailes, con música que todavía perdura en mentes y corazones que los vivieron. Los Faroles cuando queremos también hablamos. Aparte de dar luz para afuera, tenemos luz interior, lo que pasa, es que hay que saber vernos y escucharnos, como todas las cosas. Porqué te quedás con la boca abierta?... oime bien, necesito que me hagas un favor, y de paso te va a convenir a vos. Decidite…sí o no, comprendo que te hayas quedado confundido, pero tiene que ser rápido. Escuché que en el Club hay un concurso literario, te pidieron hacer algo sobre una historia barrial de Caballito. Bueno, aquí mismo, en nuestro querido Club, tengo una historia romántica, de amor eterno, atípica, increíble. Sí. Increíble, la mía es así. Te explico. Hace tiempo me enamoré de una chica, sí de una chica…que le voy hacer?!. .. no me enamoré de un candil, ni de una vela, ni de una lamparita , no!, me enamoré de una chica, y quiero escribirle una carta, que nunca va a llegar a destino. Las cartas sin destino se escriben en lo eterno. Y…te decidistes por fín?, bien, te agradezco tu buena voluntad, sentate ahí, en la paresita del contorno del patio, por favor, tomá el cuaderno ese que tenés abajo del brazo, la lapicera y empecemos.
Al único y eterno amor de toda mi vida. Lo juro por la luz que me alumbra. Querida mía: Antes que te alarmes, me apresuro a decirte, de que soy un Farol, del cual seguramente te habrás olvidado y que en el mejor de los casos le prestaste la liviana atención de un componente más dentro de la arquitectura elegante, y romántica, que ofrecia y sigue ofreciendo, el patio donde se realizaban los bailes en el Club de Ferro. Te acordás?, se esfumaba la tarde y llegaba la noche, y yo me encendía, junto con mi compañero ubicado enfrente, ayudando a la luna a dar el ambiente propicio para el romance. Muy frecuentemente el Pintor Supremo, le ponía marco al cuadro, dejando ver el Cielo pintado con estrellas. El aire se impregnaba de suave música preparando a los corazones a latir más fuerte y a las almas a crear ensueños. Trataré que me recuerdes. Soy aquel Farol, de hierro, pintado de negro, con caras de vidrio moldeadas al estilo inglés, que cuelga a tres metros de altura en uno de los ángulos del patio de la elegante entrada del Club. Tengo una corona real en mi parte superior que pende de un juego de cadenas a un soporte ajustado a la pared.
Recuerdo que el día que te conocí, era invierno, me prendieron un poco antes de la hora prefijada para iluminar el patio cuando las luces del día se iban apagando al ritmo de un bolero y yo no dejaba avanzar demasiado las sombras de una noche, para que se fuera formando al compás de la música, el ambiente del mundo de la fantasía. Cuantos momentos mágicos habremos compartido juntos!, claro, vos ignorándome, volcada en tus ensueños. Estabas entre un grupo de chicas, e inmediatamente fuiste mi preferida, siempre te seguía con la luz de mi mirada, y poco a poco, me fui enamorando apasionadamente. Te identificaba a la distancia con tu particular andar felino, suave, cadencioso, en tus tacos altos que vibraban a cada paso, tu larga cabellera negra, tu silueta espigada y tus caderas perfectas. Cuando te veía bailar, mi luz irradiaba un tono especial. En alguna ocasión por encima del hombro de tu ocasional compañero de baile, fijabas por un instante la mirada en mí y me hacia la ilusión de que te querías comunicar conmigo. Con tu mohín de cabeza recogida para colocar tu mirada profunda de ojos pardos, de abajo hacia arriba en un gesto de sensual inocencia. En ese momento, te juro, se me paraban todos los cables. Una noche, estabas debajo mio, y mi luz titilaba suavemente al sentir tu perfume. No me podía dominar. Te vino a sacar un muchacho. Vos estabas radiante, como siempre, con un inolvidable vestido blanco y se me estrujó el corazón, al punto tal que se me rompió un vidrio. (no se si te acordás del episodio). Tuve un presentimiento de que te iban a llevar para siempre. Y así fue, yo tengo ese tipo de iluminaciones muy extrañas. Desde mi ubicación empecé a sentir comentarios…que estabas de novio, que te habías casado…que se yo!!!. Te confieso que me tuvieron que reparar, porque ya no iluminaba como antes, los electricistas no me encontraban la vuelta, hasta casi me cambian. Me salvé porque soy parte del nacimiento del Club. Hoy, después de tiempo, ni mucho ni poco, porque la medición del tiempo, entre vos y yo no existe, quiero que sepas que sigo perdidamente enamorado, y que cada vez que me encienden, te busco entre las sombras, mientras sueño volverte a ver, escuchar el taconeo de tus pasos y verte girar etéreamente en el patio. Y nada más, no te digo nada más. Que puede agregar un simple Farol como yo?. Que seas inmensamente feliz, aunque otro tenga la dicha de compartir la luz de tu camino. POR SIEMPRE, TU FAROL ETERNAMENTE ENAMORADO.

Ah!!!...me olvidaba, a vos Néstor, gracias… desde la lamparita te lo digo…







* EL VIEJO BUZÓN (EL ROBO) Juan Jose Milessi

Quien haya vivido en un barrio de Buenos Aires sabe lo que significó, y para algunos aún significa, el bar de la cuadra. 
En Caballito,  mi barrio,  ese boliche se llama El viejo buzón. Está ubicado justo en una esquina, tiene su frente pintado de verde, en directa alusión a los colores del club de la zona  Ferro Carril Oeste. En la puerta, destacándose por su clásico color rojo y dándole nombre al lugar, se muestra orgulloso un viejo buzón, uno de esos que hace tiempo nos permitía despachar nuestra correspondencia.
Uno de los habitués del lugar era Julián Almada, un hombre de unos 50 años,  que nació y vivió siempre en el barrio, El viejo buzón fue para Julián su segundo hogar. Además, sentía la necesidad de compartir momentos con los otros parroquianos, especialmente con los más cercanos a sus afectos.
En ese grupo estaba Abraham,  extrovertido en sus manifestaciones, siempre nervioso, pesimista, nunca estaba conforme con nada. Otro integrante del círculo íntimo de Julián era Rafael Ernesto, un abogado cuarentón, de hablar muy pausado y monótono. Siempre parecía que estaba dando clase. Era obsesivo con la aplicación estricta de la ley y todos sus códigos procesales. Para él el mundo había que vivirlo con un código en la mano, era una de esas personas que siempre tenía tiempo para dedicarse a complicar a los demás, la mayoría de las veces, sin fundamento. El cuarto integrante de la mesa de Julián se llamaba Hamilton, que era el encargado del edificio que se encuentra justo frente al boliche. 
De vez en cuando también se unía al grupo Alberto, alias Tablón, célebre joven barrabrava del club del barrio,
Sucedió que de un día para el otro, sin previo aviso, El viejo buzón cerró sus puertas.  ¡El boliche había sido alquilado para utilizarlo como set de filmación de una película! Por lo tanto, por dos meses Julián no podría entrar. ¡Era para morirse!
Hacía tiempo que a Julián no lo golpeaba tanto un acontecimiento. Creyó perder parte de su vida. Esa noche no durmió.
Al amanecer, pensó que no podía quedarse así, lamentándose por el incierto destino del boliche y decidido a actuar convocó a sus amigos a una reunión urgente.
La misma se realizó en el buffet del club del barrio. Tablón, que se había incorporado circunstancialmente a la reunión dijo, exacerbado, que debían ocupar el boliche por asalto, tomar como rehén al director de la película que estaban rodando y exigir que se suspendiera la filmación de inmediato reintegrándole el boliche a sus genuinos usuarios.
Hamilton se enganchó de la idea de Tablón y dijo que si hacía falta él podía conseguir una topadora, para tirar abajo las cortinas del boliche y poder ocuparlo.
De allí en más, la mesa se convirtió en un torbellino de ideas y de propuestas, Julián no hablaba, ni siquiera escuchaba lo que decían sus compañeros, el sí que tenía un plan, no tardo en convencer a los demás para llevarlo a cabo e inmediatamente lo pusieron en marcha.
A las dos y cuarenta y cinco de la madrugada, el reloj despertador rompió el silencio de la noche. Julián se arrojó de la cama y se vistió íntegramente con ropa de color negro, tomó una bolsa cuyo contenido parecía ser bastante pesado y salió de su casa no sin antes completar su atuendo con una gorra de lana, también negra.
Exactamente a las tres, según lo planeado, Julián llegó a la esquina convenida, a una cuadra de El viejo buzón y apenas dos minutos después apareció Abraham con una de esas carretas de hierro que usan los repartidores para acarrear bultos pesados.
La vestimenta de Abraham respetaba el plan acordado. Borceguíes negros, ropa oscura, gorra de visera azul oscuro y lentes de sol. Incluso, cumpliendo las directivas de Julián, les había pegado paño a las ruedas de la carreta para que no hicieran ruido.
Los dos se dirigieron hacia El viejo buzón. Al llegar, Julián vio con satisfacción que ya estaban allí Hamilton y Rafael Ernesto, de acuerdo a lo pactado y ya habían ejecutado las tareas previas establecidas.
Hamilton había conseguido un uniforme igual al que usan las cuadrillas de reparaciones y juntos colocaron un pequeño cartel tipo sándwich en la vereda, con la inscripción “Zona en reparación”. La escena era la de una operación normal y corriente, aunque urgente por la hora..
Rafael Ernesto, por su parte, había aceptado al fin participar del operativo pero, debido a sus principios fuertemente apegados a la ley, había impuesto sus propias condiciones.
Se ubicó en la vereda de enfrente del boliche, vestido muy humildemente, con la barba sin afeitar, sentado en el suelo junto a un changuito de supermercado cargado de cartones, maderas, botellas vacías, entre otras cosas. Simulaba ser un cartonero descansando de una larga caminata.
De esa forma, cumplía los dos objetivos que se había fijado. En primer lugar, si el plan fracasaba, tomaba su changuito y desaparecía quedando al margen de la fechoría y dejando a salvo su currículum y segundo, podía asesorar al grupo a distancia para que las eventuales consecuencias jurídicas del operativo fuesen más leves. 
Así fue como, desde su lugar, le indicó a Hamilton quitarle todas las identificaciones que tenía su uniforme y, además, no utilizar un rollo de papel con la inscripción de la Municipalidad.
Julián extrajo un pico de la bolsa que traía, se acercó al viejo buzón rojo, lo acarició y comenzó a golpear la vereda a su alrededor. Las baldosas ofrecieron poca resistencia, a ellos no les preocupaba el ruido que producía el pico al golpear contra el suelo ya que la escenografía montada por Hamilton lo justificaba.
Una vez roto el contra piso alrededor del buzón, Hamilton tomó el pico y comenzó a golpear los cimientos que lo sostenían, al rato éste quedó prácticamente en el aire.
En ese momento, mientras Abraham acercaba la carreta, Hamilton sacó una cuerda de sus herramientas, rodeó con ella el buzón y lo inclinó hasta apoyarlo suavemente sobre la carreta.
Luego, a medida que Hamilton comenzaba a desmontar el supuesto obrador, Rafael Ernesto, desde enfrente, le señaló el peligro que significaba para los transeúntes el pozo que había quedado en el lugar que antes ocupaba el buzón. En caso de algún accidente, bien podrían ser imputados judicialmente.
Previendo eso, Rafael Ernesto sacó de su changuito de cartonero un círculo de madera cuyo diámetro curiosamente coincidía con el agujero y se lo alcanzó a Hamilton quien, luego de acomodar los escombros dentro del pozo, la colocó arriba a modo de tapa, quedando la vereda nivelada.
Hamilton juntó sus cosas y se marchó. Rafael Ernesto se fue arrastrando pausadamente su changuito. Julián y Abraham se fueron en otra dirección con la carreta y su preciosa carga roja. Eran las tres y cuarenta de la madrugada.
Durante tres días no hubo actividad en el boliche, al día siguiente los vecinos del barrio se enteraron que la filmación había sido trasladada a otro lugar, seguramente el motivo por el cual habían elegido el boliche, fue la presencia de un viejo buzón en su puerta. Locales de este tipo no era muy difícil encontrar, pero uno que estuviera en una esquina y con un buzón en la puerta, no había muchos, ahora que éste había desaparecido, el lugar había perdido su atractivo fílmico.
No fueron muchos los que advirtieron la existencia de un pequeño papel pegado en la puerta lateral del boliche, escrito con letras recortadas de diarios y revistas, que decía: “La unión de pocos con convicciones firmes logra recuperar valores usurpados. Estamos alerta”.
El viejo buzón reabrió sus puertas, recobró su ritmo, recuperó a sus parroquianos, después de que su propietario con mucho esfuerzo consiguiera un buzón para reemplazar al secuestrado protagonista de esta historia 

Últimamente Julián pasa más tiempo en el patio del fondo de su casa y acompañado por sus amigos del boliche, se sientan alrededor de una mesa, en un costado del patio junto a un gabinete de chapa del que, según como le da el sol, se desprende un reflejo rojizo desde su interior.



* EL VIEJO BUZÓN ETERNO Helena Domenech

  Saludé a mi alumna que se había quedado media hora de más y fui al baño a enjuagarme la cara.
  Cuando salgo; todo oscuro. Pienso “Por lo menos tendré comida y bebida, si duermo me acuesto en el piso” y no llego a dormirme.
  En 10 minutos un ruido. El artículo de revista empieza a encenderse fuego. Exactamente al pie de la tribuna, con un mantel lo apago. Me llama la atención una foto de Toto como presidente de Ferro, que también veo que Felipe participó en los XII Juegos Panamericanos en mar del Plata en 1995. Me quedo pensando: fue para Daniel y yo, un año de muchos cambios y muchos planes. Suerte que algunos no se concretaron y seguimos viviendo en Caballito.
  Al lado de las galeras verdes y doradas siento un “chist chist” y sale Elvis de la foto. Me hace bailar al son de su voz divina. Me enamoro y los dos de la mano entramos al cartel de “Despensa de café, te y conservas”, nos recibe Juan. De repente se abren las paredes de El Viejo Buzón y Gaureschi nos muestra las mesas en línea, con sardinas, atún,  arvejas, lentejas, palmitos, en fin… una deliciosa cena para muchos.
  Pienso “Qué feliz que soy, estoy en la magia del pasado, las mujeres con hermosos peinados, prolijas, ropa más bien oscura, señores con sombrero y maletín tipo valija, salimos todos a saludarlos.
  Del disco simple cobra vida Sandro y nos invita a su excitante show “Será hoy, en unos minutos”
  Todo comienza acá, siguiendo senderos de amor y futuro.





* JULIO, EL PANADERO Rodrigo Gaite 3º PREMIO

Sólo dos cosas hacían que al panadero de Caballito se le erizara la piel y el pecho se le inflara de orgullo: Ferro Carril Oeste y Julio Iglesias. El primero porque era hincha desde que tenía uso de razón. El segundo porque fue durante su adolescencia cuando descubrió a ese cantante madrileño que encima se llamaba como él. Al ser de Ferro, lógicamente, su máximo ídolo era Gerónimo “Cacho” Saccardi, el emblema del verdolaga.
Era tanta la admiración que sentía por Julio Iglesias que en la intimidad de su hogar empezó a imitarlo y dentro de todo logró hacerlo bastante bien. Como siempre fue lanzado con las mujeres, en la panadería cada vez que se presentaba la ocasión, entonaba alguna estrofa en honor a la clienta de turno. Algunas mujeres entraban a comprar cualquier cosa con tal de que él les cantara con ese aire de conquistador nato. Tal era el caso de María Rosa, una viuda algo pizpireta, que ostentaba un collar de perlas de tres vueltas y que al ser devota del español, no perdía oportunidad de dejarse deleitar con “Abrázame” o “Lo mejor de tu vida”, melodías que el panadero interpretaba a la perfección para regocijo de la dama.
No era la única. Dos o tres clientas, cincuentonas e incondicionales, al menos un par de veces a la semana, se llevaban cuadraditos de grasa o tortitas guarangas para el mate. Otras optaban por los pancitos saborizados, especialidad de la casa, o sanwichitos de miga. En realidad lo hacían más que nada para tener trato con él. Porque si algo caracterizaba al nacido en ese barrio de duendes y encanto de la Capital Federal, era la expresión radiante, descontaminada que hacía sonrojar a más de una señorita y él, por supuesto, sacaba partido de eso.
Pero la que no estaba muy contenta con tantas demostraciones de canto y seducción era su novia de siempre. Etelvina. Cada vez que su eterno prometido se la daba de galán con las damas ella, detrás del mostrador, fulminaba con la mirada a la homenajeada, que sintiendo el peso del odio más de una vez se retiraba con la cara enrojecida.
—Un día voy a tener el placer de pegarte donde más te duela. — Le espetaba Etel al borde de la indignación.
Pero eran más que nada ataques de rabia y de celos momentáneos, porque en realidad no encontraba la forma de herirlo en su orgullo. Ni siguiera logró que se inmutase cuando le insinuó que uno de los muchachos que trabajaba en el shopping le tiraba onda. En cambio cuando le hizo saber que su primer novio era de Vélez, Julio
se puso serio como pocas veces en su vida, pero no más que eso. Situaciones similares hubo varias y todas sin el efecto que Etelvina pretendía.
Al término de cada discusión ambos olvidaban lo acontecido y después del horario laboral se iban, como si nada hubiera pasado, a caminar al Parque Rivadavia donde se perdían entre libros y películas o al Village a ver algún estreno. A veces el lugar elegido era “El Viejo Buzón”, el pintoresco y acogedor bar notable de Neuquén al 1100 y cada tanto se tomaban el subte de la línea A y se iban a pasear por Congreso. Y si en algo estaban de acuerdo era en que ambos añoraban los románticos vagones “La Brugeoise” de asientos de maderas, con las luces colgantes del techo que oscilaban con el traqueteo y que fueron reemplazados por modernos coches chinos, insulsos y sin historias. Quizás por eso más de una vez fueron a dar una vuelta en el tranvía histórico que funciona los fines de semana y parte de Emilio Mitre y José Bonifacio.
Así era la relación entre estos dos seres que sentían a Caballito como su lugar en el mundo. Juntos, pero separados. Se peleaban, se amigaban, se volvían a distanciar, iban y venían. Posiblemente por eso nunca se plantearon la posibilidad de convivir. Ella seguía viviendo en el departamento de la calle Hidalgo y él en el que alquilaba cerca de la avenida Acoyte. Hacía más de quince años que el destino había cruzado sus caminos. Fue cuando ella, para sumar unos ingresos extras, se ofreció a trabajar en el local. Él que experimentó una especie de fascinación por esa chica menudita, de cabello lacio, pómulos marcados y ojos avellanados, la aceptó en seguida. El trato cotidiano y las confidencias, fueron haciendo el resto. Durante el día, cuando no estaba con él en la panadería, Etelvina repartía las horas entre sus clases particulares de inglés y el gimnasio del Club Italiano. Momento en que él sentía algo de alivio al no tener encima la marca personal, digna de un defensor central.
Julio estaba más que conforme con el negocio heredado de su progenitor. Tanto que no le importó cuando cierta vez le comentaron que sobre Aranguren, habían abierto una panadería que estaba haciendo furor. No le prestó atención porque nadie podía competir con él ni su mercadería. Nadie tenía su carisma ni cantaba como él y por eso sabía que su clientela no lo cambiaría por nada. Pero el tema fue que pronto sus ventas empezaron a mermar.
Primero dejaron de acudir un par de vecinas y luego las compradoras más fieles. Entre ellas María Rosa. Cuando empezó a notar que hacía mucho que varias no iban al negocio, a Julio le cambió el semblante y aunque se mintiera a si mismo, lo embriagaba la preocupación. Comenzó a sospechar que se debía a algo más que a la situación económica, ya que con la crisis deducía que la otra panadería vendería sus productos a un precio inferior al suyo. Hasta estuvo tentado de ir al nuevo comercio, pero se abstuvo temiendo que alguien lo reconociera y quedara en ridículo. Por su parte Etelvina, que ya entendía que la relación no daba para más, hizo un trabajo fino y se dio cuenta el porqué de la situación. Decidida a ponerle punto final al eterno noviazgo, pero no de cualquier manera, la información que pudo recabar le vino como anillo al dedo.
Fue así como un mediodía que él había ido hacer un trámite a la comuna 6, esperó pacientemente su regreso, masticando bronca porque durante la mañana una de las chicas del sanatorio Méndez entró a comprar y él se despachó con “A mi manera”. Situación que hizo a la joven morderse el labio inferior mientras lo escuchaba y enfurecer a Etelvina, que se quedó en el molde tostando a fuego lento su venganza. Cuando por fin lo vio entrar al local, alegre y distendido por el triunfo de Ferro la noche anterior, le lanzó sin preámbulos.
— Adiós rey melódico. Me voy de una vez y para siempre. Que te vaya bien con tus admiradoras.
Pero Julio no sólo no le dio importancia a las palabras hirientes sino que comenzó a entonar “Hey. No vayas presumiendo por ahí. Diciendo que no puedo estar sin ti ¿Tú qué sabes de mi?”.
—Ah. Y otra cosa. — Expresó la profe de inglés como recordando algo —Averigüe sobre la otra panadería ¿y sabes qué? — dijo con una mano sobre el picaporte de la puerta. —No tiene buen precio y la mercadería no es gran cosa.
—¿Y entonces? —Quiso saber él mientras se disponía a acomodar las bandejas de facturas.
—¿Vos sabés cómo se llama el dueño? — Le preguntó en tono sobrador.
Julio, que nunca había pensado en eso, se mantuvo expectante con la pinza de metal en la mano a la espera de que se lo dijera. Por fin Etelvina había encontrado la manera de herirlo en su orgullo, de lastimarlo donde más le dolía y por eso antes de irse de su vida, sonrió y sintiendo en sus labios un sabor acaramelado, le dijo con una expresión que no parecía suya.

—Se llama Sandro y canta mejor. Chau.


*  Y SI UN DÍA PASA UN TRANVÍA ¿TE SUBÍS? Eva Braum 1º PREMIO

Llegue hace poco Buenos Aires es muy grande y deseo conocerla hasta sus entrañas, sin embargo creo que ni sus propios habitantes llegan a tanto.
Vivo en José Bonifacio y Emilio mitre, en una casa de dos plantas que en el pasado era para una familia numerosa, ahora convertida en mono ambientes que alojan a inquilinos de ocasión.
Esta mañana, al descender por las escaleras tope con un señor un tanto mayor, a juzgar por su bastón, al cual saludé solo por corrección y salí con bastante prisa (no tengo idea quien me apuraba).
Cuando me encontré en la esquina se me fue la prisa, me invadió un sentimiento de soledad y desconcierto que derribo todo lo planeado que tenia para este día.
No sé cuánto tiempo quedé en esa esquina petrificado como si fuese una estatua viviente, no lo recuerdo muy bien, solo sé que en un instante comencé a escuchar una bocina afónica, alguien me tomó del brazo y me arrastro un poco mientras decía:
* Ahora debes estar apurado. Vamos! se nos va el tranvía.
En ese mismo instante, apareció un tren que se detuvo frente a nosotros y subimos. El que me invito a hacerlo es Roberto, el viejo sin agilidad que había cruzado en el hall de casa.
Al subir nos recibió el motorman: me saludo con una palmadita en el hombro y al grito de:
* Bienvenido!
Mientras que a mi nuevo amigo, le dio un gran apretón de manos sin mediar palabra, solo una sonrisa enorme.
Definitivamente, no sabía en qué locura estaba sumergido pero me agradaba la idea de saber de qué se trataba. El tranvía estaba vacío, éramos sus únicos pasajeros y aproveche a sentarme en el primer asiento, me gustaba hacerlo de niño y hoy volví a sentir esa necesidad.
La bocina sonó y comenzamos a andar, al grito de:
* Todos a bordo!!! (que emitió su capitán con gran fulgor)
El viejo transporte se puso en marcha mezclándose en el transito actual, ese mismo que antes me había paralizado ahora lo enfrentábamos. El tranvía se desplazaba por sus vías y se entrometía como si fuese un gran gigante a quien todos debían respetar.
Roberto seguía sentado a mi lado sin pronunciar palabra, miraba fijo hacia el frente supervisando las maniobras del conductor. Mi maldita lengua me traicionó y no pude aguantar más, saque tema de conversación:
* Roberto, no?
* Correcto.
* Yo soy su vecino, hace unos días llegue del interior para establecerme en esta gran ciudad. Me habían dicho que era grande, ahora lo creo… nadie exageró.
Sin respuesta, ni una mueca. Aguarde un ratito, retome la conversación (o el monólogo)
* Usted parece una persona reservada.
Comenté al pasar pero él nada acotó.
* De donde vengo nunca hubo tren, mucho menos tranvía. Solo lo conocemos por foto. Mi mamá se va a emocionar cuando le diga que viaje en uno de estos.
El silencio continuo, no sabía adónde nos dirigíamos, solo tenía claro que estaba en un transporte público sin público, obsoleto y fuera de la rutina diaria.
Me acomode en la butaca para observar por la ventana, al doblar en la esquina como por arte de magia el transito desapareció. También hubo un cambio en el color de la atmosfera: se veía todo más claro, el ritmo más lento y el sonido de la locomotora era la música de la escena.
Luego de unas cuadras, Roberto se acomodó en el asiento y por fin habló:
* Me contó el encargado que llegaste hace unos días y como regalo de bienvenida quería que conozcas el barrio. De paso, me acompañas a hacer una diligencia.
* Muchas gracias! Me siento honrado. Por favor, cuénteme que es lo que vemos o hacia dónde vamos.
Roberto, alzo su bastón y lo uso cual puntero para describir el paisaje. En cada cuadra había una historia: algunas personales, otras robadas y las que trascendieron de la mano de los famosos que allí vivieron.
Esta vez mi lengua se mantuvo quietita estaba anonadada, no podía emitir sonido. Conocí la historia desde adentro: las varias mudanzas de la veleta de latón que dio nombre al barrio, las esculturas de Perlotti y algunos recuerdos de Roberto.
El resto del viaje continúo en silencio, yo deseaba haber tenido una cámara para registrar todo, por el contrario tuve que conformarme con la memoria de mi retina.
Cuando llegamos al encuentro de cinco esquinas, el motorman disminuyo la velocidad y se detuvo. Miró hacia atrás y le sonrió a Roberto. Él bajo con dificultad, cruzó la calle y se posiciono frente a un buzón rojo, saco de la solapa del saco una carta y la deposito asegurándose que ingrese en forma correcta.
Giro sobre su eje, miro a una muchacha que sonreía tras el vidrio, mientras regresaba al transporte.
Voltee mi cabeza, buscando la mirada del chofer y en ella una explicación:
* La que lee es Rosaura, el amor entre ellos se vio interrumpido hace unos 10 años. Roberto todas las semanas le trae una carta y se la envía por el buzón.
* Esa muchacha esta allí! ¿no la ve como la vemos nosotros?
* Niño, no hay nadie ahí, no estás entendiendo.
* La verdad que no! (dije en tono enojado y baje a enfrentarme con esta tal Rosaura)
Cruce la calle y me dirigí al bar. Ingrese con la furia de no entender que impedía que ellos dos se hablen.
El cascabel de la puerta anuncio mi ingreso, el mozo detrás de la barra me miro asombrado, pero mi cara de desconcierto superó todo.
Ella no estaba, el rostro que se reflejaba tras el vidrio no existía. No lo comprendía, estaba desencajado, peor que cuando había quedado paralizado frente al tránsito más temprano. De pronto una voz susurro:
* El viejo buzón es mágico, ¿quiere un café?








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