miércoles, enero 13, 2021

¿Y SI NO FUERA...? Luis Alberto Battaglia 12/1/2021 (imagen: cuadro de Luis Alberto Battaglia)

  Si los que caminan son caminantes, si los que recorren los ríos y los mares son navegantes ¿Por qué quienes viajan por las páginas no habrían de ser Paginantes?

¿Y SI NO FUERA...? Luis Alberto Battaglia 12/1/2021
(imagen: cuadro de Luis Alberto Battaglia)
Homenaje a René Descartes


¿Y si no fuera cierto

que la noche termina con el día...

y si no fuera cierto

que el amor es el triunfo de las almas...

y si no fuera cierta la poesía...?

¿Y si no fuera cierta la mirada,

la ternura, los sueños, las caricias...

si no fuera verdad la madrugada,

las sombras, las estrellas, las esquinas...?

¿Y si no fuera cierto que nacimos,

que vamos a morir, que estamos vivos...?

¿Si no fuera verdad el universo,

si todo fuera un sueño solamente...?

Si lo fuera, lector, igual yo te amaría,

aunque tú no existieras

y aunque yo no existiera,

y aunque hasta el propio amor fuera mentira.

Existo en las palabras,

existo en tu lectura,

existo para siempre

en esta fantasía.


* http://paginantes.blogspot.com/2021/01/certezas-luis-alberto-battaglia-1212021.html


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lunes, enero 11, 2021

OTRA VEZ LA LLUVIA Luis Alberto Battaglia 11/1/2021 (Imagen: cuadro de Luis Alberto Battaglia)

  Si los que caminan son caminantes, si los que recorren los ríos y los mares son navegantes ¿Por qué quienes viajan por las páginas no habrían de ser Paginantes?

OTRA VEZ LA LLUVIA Luis Alberto Battaglia 11/1/2021 (Imagen: cuadro de Luis Alberto Battaglia)

Atrapado en la eternidad,
heladas como el silencio
son esas lluvias largas
que dejan en el alma
un susurro leve;
hoy en Buenos Aires llueve
como si no existieran las palabras,
las gotas danzan sobre las veredas... 
los paraguas
recuperan su reino.
¿Y cómo he de contarte,
detrás de las ventanas empañadas,
la distancia?
Cuando las astronautas del otoño
rodean las esquinas
y cuando los faroles redondos de Saavedra 
se miran para adentro,
y cuando llueve y llueve y el cuerpo
parece estar hecho de viento...
si se han volteado los jazmines
y el sol está volcado en los recuerdos... 
¿Cómo?


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LO TUYO ES MÍO Y LO MIO TAMBIÉN Marcelo Pérez Grupo Paginantes en Facebook Nº 292

 Si los que caminan son caminantes, si los que recorren los ríos y los mares son navegantes ¿Por qué quienes viajan por las páginas no habrían de ser Paginantes?

LO TUYO ES MÍO Y LO MÍO TAMBIÉN Marcelo Pérez
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  Elsa se enojó con Tito cuando descubrió que el anillo de compromiso que le había regalado le había venido en una caja de cereales. Pero el enojo de Elsa no podía resultar ser terminante, de esos que obligaban a una persona a no echarse atrás y tirar diez años de noviazgo por la borda así no más. Se podría catalogar como un “pequeño” enojo. Aunque, valdría aclararlo, por más ínfimo que fuese el enojo, de todos modos molestaba. Y esto Elsa lo descubrió sólo porque compró una caja de cereales y le vino de regalo otro anillo idéntico. Y en lugar de arrojárselo a Tito por la cabeza, en una marcada actitud de desprecio, la siguiente salida que hicieron Elsa llevó puestos los dos anillos, uno en cada dedo índice de cada mano. Elsa sonriendo todo el tiempo, agradeciéndole a Tito el regalo, mostrándole sólo una de sus manos para que él viera cómo ella correspondía a sus gentilezas. Mas en su interior, Elsa gozaba al ver las gotas de transpiración que caían de la frente de Tito cuando éste descubrió un anillo similar al que le había regalado, en la otra mano. Qué placer poder demostrarle a Tito que Elsa no era ninguna tonta, y que se había dado cuenta del desliz en que había incurrido su novio!. Además, los dos ya eran grandes, y no era cuestión de andar haciendo trampas en ese sentido. Hubiese bastado con que Tito se excusase diciendo que tenía muchas ganas de regalarle algo, pero se había quedado sin dinero, e inconscientemente lo único que pudo hacer fue eso. Además Elsa debería comprender que el anillo no estaba tan malo: era de latón y, en el peor de los casos, mal pudiera haber sido de plástico, hecho que hubiera sido el detonante como para terminar una relación que ya llevaba bastante tiempo. La indiferencia mostrada por Elsa logró que Tito sintiera culpa y remordimiento, a tal punto de no encontrar palabras para disculparse; y si lo hubiese hecho, hubiese quedado aún más en desventaja, no sólo porque el anillo le hubiese venido en una caja de cereales, sino también porque aquél ni siquiera tenía pegada alguna piedrecilla de fantasía; no, el anillo era una pieza de latón y nada más. Uno podría pensar que eran tiempos difíciles, eso estaba claro, pero quizás hubiera sido preferible, aunque más no fuese, alguna tarjeta de felicitación o agradecimiento por tantos años compartidos. Así quedaron las cosas esa noche: ninguno de los dos habló del asunto; Elsa riendo, mostrando su perfecta dentadura, y Tito sacando su pañuelo del bolsillo para secar el sudor de su frente. Esa noche quedó en el historial de cada uno, mas en la vida de Elsa había marcado un antes y un después. Qué hubiese pasado si esto hubiese ocurrido estando casados?. Con seguridad Elsa hubiera pensado que Tito tuviese una amante y que ésta recibiría los regalos más caros, o, por lo menos, los que no vinieran en cajas de cereales. Sin dudas esto hubiese significado el divorcio. Elsa agradeció a todos los santos no estar casada, a pesar de que su edad de merecer ya había pasado. Este tema quedó dando vueltas en la cabeza de Elsa una semana entera, durante la cual aprovechó para urdir un plan de venganza. Esta podría concretarse en pocos días más, ya que se aproximaba el cumpleaños de Tito. Había algunas opciones: podría ir al Ejército de Salvación y comprarle alguna corbata de seda italiana por monedas. Elsa sabía que mucha gente donaba ropa y algunas prendas estaban nuevas porque las familias habían decidido deshacerse de vestuario, dando la casualidad que, a veces, se encontraba ropa que el difunto no había llegado a estrenar. Podría ser una alternativa interesante. Otro plan era ir a una panadería y comprarle algunos exquisitos sándwiches para compartir. Con lo que a Elsa le gustaban esos manjares…! Estando en la panadería Elsa descubrió sobre una mesa una torta de casamiento ya lista para ser llevada. Lo que le llamó la atención de esta torta fue que tenía adosados a la pastelería algunos souvenirs: anillitos, juguetitos y, por sobre todas esas cosas, una traba de corbata que se veía muy buena. Y no parecía ser de plástico. En una rápida maniobra y sin que la vieran, Elsa despegó de la torta la traba; la vio muy buena, era de metal. Nadie notaría la falta, entre tantas cosas que adornaban la torta, por lo que Elsa, disimulando su presencia en la panadería, compró un par de masitas con membrillo y salió. Llegada a casa, Elsa lavó muy bien la traba, sacándole toda la crema que aún le quedaba. Era una traba real, y podría resultar un muy buen regalo de cumpleaños. Recordó tener una cajita de cartón donde guardaba un frasquito de perfume, la que le vino perfecta para presentar la traba. Con algo de pintura negra cubrió todo vestigio de marca que figurara en la caja y ya la tuvo lista. Envolvió la caja con un pedazo de papel fantasía y le puso un moño de cinta plástica: quedó como nuevo, como si lo hubiese comprado en la mejor sastrería. Y a Tito le vendría bien, porque él siempre iba de traje. A la tarde Elsa fue al Ejército de Salvación; en el sector de vestimenta masculina encontró todo un lote de corbatas italianas de seda nuevas, sin uso, aún estando cada una en sus respectivas bolsitas. Eligió una, que pagó con pocas monedas. Si bien el diseño de la corbata había pasado de moda gracias a su anchura y combinación de colores, siempre cabía la posibilidad de que Tito la pudiera usar más adelante, cuando volviera a imponerse. Todos sabían que la moda iba y venía, así que sólo era cuestión de esperar un poco. Con ínfima porción de dinero gastado Elsa ya tenía el regalo para Tito, y sólo esperaba ver la reacción que demostraría su semblante al recibirlo. No cabía duda que esa reacción seria la misma que tuvo Elsa al descubrir la procedencia del anillo. Parecía mentira que, luego de diez años de noviazgo, ella mereciera semejante trato. Cuando llegó el día del cumpleaños, Tito recibió con agrado, por parte de Elsa, la traba y la corbata de seda italiana que lucía un diseño cuadriculado combinando pálidos tonos. Elsa notó cierta sospecha en el rostro de Tito, agradeciendo, con sonrisa forzada, el esfuerzo que su novia había hecho en la elección de los artículos. La oportunidad de vengarse se le presentó a Tito para el día de los enamorados. Como sabía que las flores irían a aumentar de precio –siempre lo hacían para esa fecha-, tres días antes encargó al florista de la esquina un ramo de jazmines, los que conservó en el freezer de la heladera en la esperanza de que aguantaran hasta la fecha de entrega, y también recortó del diario del domingo un cupón de descuento para cenar en “La Cantina de Alonso”, en el puerto. Pensó que, con todo esto, Tito cubriría dos aspectos: primero, resarcirse de la traba de corbata, elemento que, al querer usarlo por primera vez, se doblara tanto que ya no se podría recuperar, porque lo que pareció ser un noble metal culminó en una simple hojalata; y segundo, tratar de olvidar esa horrible corbata de seda italiana que ya no la usaría ni un muerto. La noche de los enamorados prometía a Elsa ser algo distinto, porque Tito le había dicho que la llevaría a cenar. Cuando se encontraron, la primera sorpresa para Elsa fue un gran ramo de jazmines, sin aroma alguno, duros como si fueran de azúcar; los que, en la medida que transcurrió la velada fueron sudando agua hasta pasar de un blanco níveo a un triste marrón terroso; además de ya sus capullos ablandarse para caer exhaustos. Y la cena en la cantina resultó un fiasco: un lugar apestoso, con las cañerías de los baños tapadas, lleno de borrachos dormidos sobre las mesas y hasta una pequeña cucaracha que le tocó a Tito en la fuente de su panaché de verduras. Después de todo esto, pensaba Elsa, ni hablar de terminar la noche en un hotel: cada uno a su casa y listo, a pesar de las ansias desbordadas que se reflejaban en el comportamiento corporal de Tito por finalizar la velada teniendo un poco de sexo. Elsa necesitaba estar sola en un lugar y sollozar tranquila, tratando de pensar en estas cosas y cuál habría sido el motivo del notorio deterioro de la relación. Pero por más que tratara de arribar a alguna conclusión satisfactoria, ésta era reemplazada por maquinar una nueva venganza contra Tito. Cuanto más lo pensaba, Elsa llegaba a lo mismo: Tito tendría una amante, habría conocido a otra mujer y no sabría cómo decirle a Elsa que ya no la quería más. No quedaban muchas oportunidades, a lo largo del año, por las cuales hacerse regalos, y habría que esperar bastante para Navidad o Año Nuevo. Sin embargo el día del amigo se presentó como una opción interesante, más allá de que, supuestamente, ellos no fueran amigos sino novios. Pero había que aprovecharlo y no dejarlo pasar. Se pusieron de acuerdo telefónicamente en encontrarse, lo que equivalía a decir que festejarían el día intercambiando regalos. Revolviendo en la alacena de su casa, Elsa encontró una botella de vino espumante que algún familiar había dejado luego de haber festejado una Navidad. Elsa se fijó en la fecha de vencimiento, la cual había pasado tres años de lo permitido, y que con el filo de un cuchillo raspó la etiqueta hasta lograr desaparecer ese pequeño detalle. Como sabía que a Tito le gustaba mucho el vino espumante, con seguridad lo sabría apreciar. Envolvió la botella en papel fantasía y le agregó una tarjeta que recortó de una lámina de cartulina, escribiendo una dedicatoria. El regalo estaba listo, y mejor que comprado en cualquier tienda. A la hora de elegir su regalo, Tito recordó la traba y la corbata de seda italiana. No tenía muchas opciones y era difícil, para él, catalogar a una mujer como “amiga”, especialmente si se trataba de Elsa. Además, su innato y absurdo machismo le obligaba a recordar cómo había concluido la noche de los enamorados, y las dos películas que se había quedado viendo en casa, sólo para conciliar el sueño. Fue cuando recordó que su madre guardaba siempre los perfumes y jabones que le regalaban porque decía que le daba lástima usarlos. Revisando en el ropero, entre las cosas de su difunta madre, encontró tres cajas conteniendo todavía un frasco de colonia y dos jabones, todos sin usar. Eligió una de ellas; buscó papel para envolverlas y ya tuvo listo el regalo, sin haber gastado un peso. De tantos años que esos jabones llevaban guardados ya ni tendrían perfume; lo que a Tito le quedaba, como última esperanza, era que la colonia sirviera y que no se hubiese evaporado. Quedaron en verse en una confitería para celebrar el acontecimiento. Tuvieron suerte de encontrar una mesa libre, porque parecía que todo el mundo había salido a festejar. Con la mirada llena de gozo, cada uno recibió su regalo por parte del otro, y ya fueron sus dedos prestos a romper los envoltorios. Tito se alegró de recibir la botella de espumante, mientras Elsa rogaba mentalmente a todos los dioses no estar presente cuando la abriera y sirviera en una copa su líquido avinagrado. Y ella también se sorprendió al abrir su paquete y ver los dos jabones con el frasco de perfume que abrió en el momento para olerlo, dándose cuenta que sólo aire salía del envase. Y los jabones servirían ni siquiera para lavar la ropa. Elsa se enojó, pero se enojó en serio: le tiró a Tito la caja con jabones por la cabeza y salió de la confitería. Tito quedó sentado, reflexionando y sabiendo que los enojos de Elsa eran pasajeros, y que luego la llamaría por teléfono para decirle que la quería mucho y que pusieran ya mismo fecha para casamiento. Además, Tito tenía una muy buena excusa: ya tenía los anillos, los había consegido en el Ejército de Salvación.
Marcelo Pérez
10/Enero/2021


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jueves, enero 07, 2021

BUENOS AIRES Y TÚ Jorge Jorge Grupo Paginantes en Facebook Nº 291

  Si los que caminan son caminantes, si los que recorren los ríos y los mares son navegantes ¿Por qué quienes viajan por las páginas no habrían de ser Paginantes?

BUENOS AIRES Y TÚ Jorge Jorge Grupo Paginantes en Facebook Nº 291


Solo sin ti por Buenos Aires
entre milongas y asados infinitos.
Llanos en la distancia
hasta La Plata que me abraza. Regreso.
Tangos perdidos como yo en la noche.
Por Corrientes y el obelisco
busco tu cuerpo entre millones
y millones de veces te veo cerca.
Tus pasos han quedado
aquí en los adoquines de San Telmo
y logro retratarlos
con la cámara de mis labios.
Ciudadela es Nochebuena y Fin de Año:
tú a mi lado siempre.
Recoleta y Evita.
Boca de fútbol y alegría.
San Vicente con más asados
y siestas en las tardes:
un hornero entra a su nido único
perfecto.
No importa si es de día
o si en noches espléndidas
vemos la Cruz del Sur:
tú a mi lado siempre
ahora jugando a despeinarme
transformada en viento.
Con el amor desandamos
museos mercadillos y plazas.
Tarros de dulce de leche
alfajores y empanadas con vino:
me atrapan.
Compartimos
amigos entrañables
calores del verano austral
y aguaceros torrenciales en Palermo.
Gardel sonríe y me despide...
¡Adiós a su-mi Buenos Aires!
Último mate de la noche:
Mañana en La Habana habrá café.
Tú a mi lado siempre.
© Jorge Jorge González

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EL SOL PERDIDO Marcelo Pérez Grupo Paginantes en Facebook Nº 290

  Si los que caminan son caminantes, si los que recorren los ríos y los mares son navegantes ¿Por qué quienes viajan por las páginas no habrían de ser Paginantes?

EL SOL PERDIDO Marcelo Pérez Grupo Paginantes en Facebook Nº 290


  Y un buen día Adalberto desapareció. Como si se lo hubiese tragado la tierra. Adalberto pensó que algún acontecimiento en su vida lograría, en algún momento, cambiarlo todo: desde el color de los zapatos que usaba hasta el traje, la camisa y la corbata. Inclusive mutaría la soltería heredada por un estado civil con el cual compartiría, junto a una mujer, momentos que él creería inolvidables. Y si el destino lo propusiera, llegarían a tener hijos que comprenderían el mensaje de sus padres hasta caminar solos por el sendero de la vida. Cerró su carpeta guardándola con sumo cuidado dentro de su portafolios de cuero. El resto de sus compañeros, en la empresa de seguros donde trabajaba, ya no usaba agendas de papel, carpetas y maletines: todos circulaban con sus teléfonos inteligentes, aquellos aparatos que, ya en la década de los ochenta, un artículo en el Reader’s Digest predecía que, en un futuro no tan lejano, los teléfonos controlarían la temperatura ambiente de la casa, encenderían la máquina lavadora y enviarían y recibirían mensajes. Pero claro, Adalberto no estaba interesado en esa tecnología, la consideraba algo muy impersonal y hasta peligrosa, porque sabía muy bien que alguien podría estar fisgoneando la vida íntima de cualquier persona y robar todos los datos que quisiere. Por eso mejor el papel, sin dudas. Una tarde de domingo Adalberto intuyó que se produciría el acontecimiento que lograría el cambio, cuando vio que, en el cine del barrio, repondrían una vieja película en blanco y negro. De inmediato, compró una entrada minutos antes de comenzar la función. Adalberto pudo disfrutar de varias escenas filmadas en exteriores y admirar la iluminación que brindaba el sol en el momento del rodaje, y cómo los actores parecían disfrutar de un sol perdido en el tiempo. Sintió alegría y, a la vez, pena porque ese sol ya no existía más, aunque había quedado atrapado en el celuloide y brillaría siempre que se lo proyectara. Adalberto quedó tan maravillado que a la noche le costó dormir. Al día siguiente, en su trabajo, sus compañeros lo notaban algo extraño, como ajeno al momento: lo veían quedar pensativo, revolver sus papeles sin aplicar interés alguno en todos sus movimientos. De a ratos se detenía, dejando que su mirada se perdiera en un punto infinito difícil de encontrar. Lo que sus compañeros ignoraban era que Adalberto estaba tratando de imaginar alguna acción como para poder retornar al sol perdido. Para esto tuvo que esperar a cobrar la mensualidad porque, para llevar a cabo la idea que había desarrollado, con seguridad le demandaría gastar algo de dinero. Aprovechó su horario de almuerzo para pasar por el cine donde había visto la película. A esa hora estaba cerrado, pero adivinó que el dueño se encontraría dentro, a la espera de poder abrir las puertas para la siguiente función. Sentado frente a un escritorio de caoba, donde una lámina de vidrio conservaba una importante cantidad de fotos de artistas de cine y teatro, Adalberto explicó al hombre obeso cuál era su idea: necesitaba alquilar el cine para él solo, y que se proyectara la vieja película en blanco y negro. El dueño no puso objeción, tendría que hablar con el operador y combinar con él para que llegara antes del comienzo de la función. Cerrado el trato –acuerdo que le costó a Adalberto más de la mitad de su sueldo- convinieron en que el día miércoles sería ideal, por tratarse de la última vez que proyectarían la película. Adalberto brillaba de gozo: respiraría el mismo aire que habían inhalado los actores y se bañaría con los mismos rayos resplandecientes de sol de esos días y de ésa época. Sus compañeros de trabajo notaron a un Adalberto distinto, casi emulando a un chico con su juguete nuevo. Sin embargo logró disimular la verdadera causa de su felicidad o, por lo menos, no brindar demasiados detalles. Cuando llegó el miércoles Adalberto dijo que saldría a visitar a un cliente y que, tal vez, no regresaría. Tomó su maletín y salió. Le pareció mentira estar frente a la puerta del cine y creerlo todo sólo para él. Acompañó al viejo operador quien lo ubicó en la sala completamente vacía, mientras él subía a poner en marcha el proyector. Adalberto se sentó en una butaca de la última fila para poder contemplar la pantalla perlada en todo su esplendor. La película empezó a rodar mostrando los actores en escenas exteriores bañadas de puro sol. La ansiedad se reflejaba en el rostro de Adalberto y fue tanta su necesidad de estar más en contacto con esa realidad que no pudo evitar ponerse de pie, correr por el pasillo de la sala, subirse al escenario y quedar pegado a la pantalla, con los brazos extendidos, como deseando formar parte del cuadro. Para sentir más aún los rayos de sol, volvió su cara hacia el proyector, quedando enceguecido por la luz recibida. Oía las voces de los actores, la música que acompañaba la escena y todo el entorno de un barrio ya perdido, con su sol y todo, que parecía estar recuperándose con el paso de cada fotograma. No supo cuánto tiempo permaneció así, en un determinado momento abrió sus ojos y se encontró tendido en el escenario, con las luces de la sala encendidas y el operador que le avisaba que la película ya había terminado. Adalberto le dio las gracias, abandonando el cine, llena su cabeza de recuerdos. Había sido capaz de vivir una fantasía hecha realidad; había logrado, por unos momentos, revivir en una época donde el sol brillaba más fuerte y sano, y esto lograba que su andar, por la calle, resultara algo errático, porque no reconocía los modelos de los autos que pasaban o el vestuario de la gente con quien se cruzaba. Al llegar a su casa y dejar el portafolios sobre la mesa, los recuerdos continuaron deambulando sobre la oscura superficie de una taza de café, y fue al instante cuando recordó a Elina, con quien había tenido un gran romance y de quien nunca más supo. Elina… hacía años que no la veía, pero Adalberto la recordaba ahora, motivado por el cine, evocando cuando los dos iban a ver películas en continuado hasta la noche. Estaba seguro que, si la llamaba, aceptaría una invitación a tomar algo o cenar, y así podría charlar de muchas cosas; y él le contaría la experiencia que tuvo con el sol perdido. Buscó sus viejas agendas, Adalberto nunca tiró algún número de teléfono, siempre había sido cuidadoso y meticuloso en ese sentido. Recorriendo amarillentas páginas encontró el número de Elina, ya presto sus dedos comenzaron a marcar. Opacado por la impaciencia cortó y volvió a marcar; parecía no soportar el largo timbre de llamada que se escuchaba del otro lado de la línea. Cuando la espera pareció eterna, una voz de hombre atendió. Adalberto preguntó por Elina sólo para recibir, como respuesta, una serie de sollozos. Quien había atendido el llamado dijo ser su esposo, y que Elina había fallecido hacía 35 años. Adalberto experimentó un duro golpe emocional, al escuchar esto; no quiso dar más detalles y cortó. Terminó su taza de café; las imágenes de lo vivido con Elina se agrupaban y danzaban como dentro de un caleidoscopio. Como si hubiese sido necesario tener que beber la última gota para ayudar a que un nuevo rostro apareciera en su memoria, Celia arribó a su plano consciente. Celia, quien fuera su amor no correspondido. Hubiera cabido la esperanza de que Celia terminase aceptando a Adalberto como pareja oficial, si éste hubiese insistido uno o dos años más en el envío de ramos de rosas y otros regalos caros para su cumpleaños. Pero no fue así, y ahora Adalberto comenzó a lamentar no haberlo hecho. Recorrió las páginas de su agenda y encontró el teléfono de Celia. Habían pasado los años, nunca más se dirigieron la palabra, pero ahora sería distinto, porque Adalberto estaba lleno de remembranzas y deseaba transmitírselas a alguien. Y a quién mejor que a Celia? Largos tonos de llamada se escucharon en el parlantito del receptor, hasta que un sonido seco le indicó que alguien había atendido. Otra voz de hombre se dejó escuchar. Adalberto preguntó por Celia, hablando con un nudo en la garganta ante la supuesta respuesta que le pudieran dar. Sin embargo, en esta oportunidad, el desconocido que había atendido empezó a vociferar palabras muy feas e hirientes en contra de Celia, culpándola de haberlo abandonado hacía 37 años, sólo porque ella se había enamorado del carnicero de la esquina a tal punto de haber huido juntos, dejando atrás sus respectivas familias. Adalberto quedó con el tubo en la mano, como petrificado, mientras el todavía desdichado esposo seguía maldiciendo a viva voz. Cómo podría Adalberto explicarle a Celia la cantidad de recuerdos que él deseaba compartir, si ella había cerrado sus ojos, oídos y corazón a cualquier frase que despertara algún pequeño atisbo de romanticismo? Colgó el teléfono y el ruido del auricular sobre la horquilla le disparó otro nombre perdido en la memoria: Gabriela. Gabriela fue su último amor, el amor verdadero; ese, el de compartir cosas, reírse de lo mismo, cantar la misma canción, gustar las mismas películas; en fin, lo que se conocería como dos almas gemelas. No pudo imaginar, en ese instante, cuánto tiempo había pasado desde que dejaron de verse. Sería fácil averiguarlo hablando con ella. Buscó su número entre las páginas y ya fue presto a marcar. Largos tonos de llamada casi acabaron con la paciencia de Adalberto, hasta que atendió una voz femenina. Gabriela? Sí, era ella! Destellos de felicidad en el rostro de Adalberto. Deseaba verla, charlar un poco. Se podrían encontrar. Sí, en la confitería de siempre. Se citaron para el viernes a la tarde. Justo Adalberto tenía que visitar dos clientes, pero los llamaría para pasarlos a otra fecha, era más importante encontrarse con Gabriela. Cuando llegó el viernes, sus compañeros lo vieron salir de la empresa antes de hora, y llevaba apuro, no era para menos. Adalberto llegó a la confitería, ubicándose en una mesa donde pudiera observar la puerta. Qué emoción poder ver de nuevo a Gabriela! Le hablaría de las tardes de sol que habían pasado juntos, en otro tiempo, otra ciudad, otra vida. Cuando su reloj le indicó que habían transcurrido 40 minutos de la hora acordada, Adalberto pensó que todo había sido un sueño, hasta que el roce con la realidad le confirmó que no había sido así. Vio entrar a la confitería un hombre alto, algo encorvado, empujando una silla de ruedas. En ella estaba sentada una mujer muy anciana, dobladita, agachadita sobre sí misma como si hubiese perdido una moneda caída en el piso. La pareja se acomodó en una mesa. Adalberto quedó sin habla, podía reconocer, a pesar del rostro apergaminado, a su Gabriela, debajo de un montón de años. Sus piernas comenzaron a temblar, al igual que su labio inferior. Sus manos sudorosas registraron los bolsillos de su saco hasta dar con un par de billetes que dejó sobre la mesa. Las piernas de Adalberto apenas pudieron aguantar el peso de su cuerpo, cuando se puso de pie. Con paso firme, decidido, enfiló hacia la puerta de calle: al pasar al lado de la mesa de Gabriela, evitó dar una última mirada. Gabriela. Su Gabriela había quedado atrás, sembrada de recuerdos. No podría compartir los soles perdidos con ella. Adalberto deambuló por unas cuadras con la vista perdida; en su portafolios llevaba varias planillas, pero parecía que, esta vez, en lugar de clientes sólo allí figuraban imágenes, sonidos, olores de infancia; el trompo que le habían regalado cuando era chiquito, y tantas otras cosas que prefirió no traer al presente. Sus pasos lo llevaron hasta la puerta del cine, siendo en ese momento cuando el rostro de Adalberto volvió a iluminarse. Entró y preguntó por el operador; le dijeron que ahora no lo podría ver porque estaba pasando una película. Adalberto comentó que no había problema, que él sabía dónde encontrarlo. Comenzó a correr escalera arriba, seguido por un acomodador que le gritaba que no subiera. Adalberto llegó a la cabina de proyección y le pidió al operador que volviera a pasar la película, cosa que era imposible porque ya la habían devuelto. El acomodador acompañó a Adalberto y se aseguró que saliera. Adalberto quedó sentado en los escalones de entrada del cine. Abrió su portafolios, sacó un pedazo de papel e hizo una anotación. Ese día fue la última vez que sus compañeros lo vieron. Su desaparición aún permanece en el misterio. La única pista que podría resultar sería una nota que encontraron en el interior de su maletín, generosamente devuelto a la compañía por el dueño del cine, y que rezaba: “Salí a buscar un sol, vuelvo enseguida”.
Marcelo Pérez

5/Enero/2021 


PF 23  3  290

* http://paginantes.blogspot.com/2021/01/el-sol-perdido-marcelo-perez-grupo.html


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