lunes, enero 11, 2021

LO TUYO ES MÍO Y LO MIO TAMBIÉN Marcelo Pérez Grupo Paginantes en Facebook Nº 292

 Si los que caminan son caminantes, si los que recorren los ríos y los mares son navegantes ¿Por qué quienes viajan por las páginas no habrían de ser Paginantes?

LO TUYO ES MÍO Y LO MÍO TAMBIÉN Marcelo Pérez
Grupo Paginantes en Facebook Nº 292

  Elsa se enojó con Tito cuando descubrió que el anillo de compromiso que le había regalado le había venido en una caja de cereales. Pero el enojo de Elsa no podía resultar ser terminante, de esos que obligaban a una persona a no echarse atrás y tirar diez años de noviazgo por la borda así no más. Se podría catalogar como un “pequeño” enojo. Aunque, valdría aclararlo, por más ínfimo que fuese el enojo, de todos modos molestaba. Y esto Elsa lo descubrió sólo porque compró una caja de cereales y le vino de regalo otro anillo idéntico. Y en lugar de arrojárselo a Tito por la cabeza, en una marcada actitud de desprecio, la siguiente salida que hicieron Elsa llevó puestos los dos anillos, uno en cada dedo índice de cada mano. Elsa sonriendo todo el tiempo, agradeciéndole a Tito el regalo, mostrándole sólo una de sus manos para que él viera cómo ella correspondía a sus gentilezas. Mas en su interior, Elsa gozaba al ver las gotas de transpiración que caían de la frente de Tito cuando éste descubrió un anillo similar al que le había regalado, en la otra mano. Qué placer poder demostrarle a Tito que Elsa no era ninguna tonta, y que se había dado cuenta del desliz en que había incurrido su novio!. Además, los dos ya eran grandes, y no era cuestión de andar haciendo trampas en ese sentido. Hubiese bastado con que Tito se excusase diciendo que tenía muchas ganas de regalarle algo, pero se había quedado sin dinero, e inconscientemente lo único que pudo hacer fue eso. Además Elsa debería comprender que el anillo no estaba tan malo: era de latón y, en el peor de los casos, mal pudiera haber sido de plástico, hecho que hubiera sido el detonante como para terminar una relación que ya llevaba bastante tiempo. La indiferencia mostrada por Elsa logró que Tito sintiera culpa y remordimiento, a tal punto de no encontrar palabras para disculparse; y si lo hubiese hecho, hubiese quedado aún más en desventaja, no sólo porque el anillo le hubiese venido en una caja de cereales, sino también porque aquél ni siquiera tenía pegada alguna piedrecilla de fantasía; no, el anillo era una pieza de latón y nada más. Uno podría pensar que eran tiempos difíciles, eso estaba claro, pero quizás hubiera sido preferible, aunque más no fuese, alguna tarjeta de felicitación o agradecimiento por tantos años compartidos. Así quedaron las cosas esa noche: ninguno de los dos habló del asunto; Elsa riendo, mostrando su perfecta dentadura, y Tito sacando su pañuelo del bolsillo para secar el sudor de su frente. Esa noche quedó en el historial de cada uno, mas en la vida de Elsa había marcado un antes y un después. Qué hubiese pasado si esto hubiese ocurrido estando casados?. Con seguridad Elsa hubiera pensado que Tito tuviese una amante y que ésta recibiría los regalos más caros, o, por lo menos, los que no vinieran en cajas de cereales. Sin dudas esto hubiese significado el divorcio. Elsa agradeció a todos los santos no estar casada, a pesar de que su edad de merecer ya había pasado. Este tema quedó dando vueltas en la cabeza de Elsa una semana entera, durante la cual aprovechó para urdir un plan de venganza. Esta podría concretarse en pocos días más, ya que se aproximaba el cumpleaños de Tito. Había algunas opciones: podría ir al Ejército de Salvación y comprarle alguna corbata de seda italiana por monedas. Elsa sabía que mucha gente donaba ropa y algunas prendas estaban nuevas porque las familias habían decidido deshacerse de vestuario, dando la casualidad que, a veces, se encontraba ropa que el difunto no había llegado a estrenar. Podría ser una alternativa interesante. Otro plan era ir a una panadería y comprarle algunos exquisitos sándwiches para compartir. Con lo que a Elsa le gustaban esos manjares…! Estando en la panadería Elsa descubrió sobre una mesa una torta de casamiento ya lista para ser llevada. Lo que le llamó la atención de esta torta fue que tenía adosados a la pastelería algunos souvenirs: anillitos, juguetitos y, por sobre todas esas cosas, una traba de corbata que se veía muy buena. Y no parecía ser de plástico. En una rápida maniobra y sin que la vieran, Elsa despegó de la torta la traba; la vio muy buena, era de metal. Nadie notaría la falta, entre tantas cosas que adornaban la torta, por lo que Elsa, disimulando su presencia en la panadería, compró un par de masitas con membrillo y salió. Llegada a casa, Elsa lavó muy bien la traba, sacándole toda la crema que aún le quedaba. Era una traba real, y podría resultar un muy buen regalo de cumpleaños. Recordó tener una cajita de cartón donde guardaba un frasquito de perfume, la que le vino perfecta para presentar la traba. Con algo de pintura negra cubrió todo vestigio de marca que figurara en la caja y ya la tuvo lista. Envolvió la caja con un pedazo de papel fantasía y le puso un moño de cinta plástica: quedó como nuevo, como si lo hubiese comprado en la mejor sastrería. Y a Tito le vendría bien, porque él siempre iba de traje. A la tarde Elsa fue al Ejército de Salvación; en el sector de vestimenta masculina encontró todo un lote de corbatas italianas de seda nuevas, sin uso, aún estando cada una en sus respectivas bolsitas. Eligió una, que pagó con pocas monedas. Si bien el diseño de la corbata había pasado de moda gracias a su anchura y combinación de colores, siempre cabía la posibilidad de que Tito la pudiera usar más adelante, cuando volviera a imponerse. Todos sabían que la moda iba y venía, así que sólo era cuestión de esperar un poco. Con ínfima porción de dinero gastado Elsa ya tenía el regalo para Tito, y sólo esperaba ver la reacción que demostraría su semblante al recibirlo. No cabía duda que esa reacción seria la misma que tuvo Elsa al descubrir la procedencia del anillo. Parecía mentira que, luego de diez años de noviazgo, ella mereciera semejante trato. Cuando llegó el día del cumpleaños, Tito recibió con agrado, por parte de Elsa, la traba y la corbata de seda italiana que lucía un diseño cuadriculado combinando pálidos tonos. Elsa notó cierta sospecha en el rostro de Tito, agradeciendo, con sonrisa forzada, el esfuerzo que su novia había hecho en la elección de los artículos. La oportunidad de vengarse se le presentó a Tito para el día de los enamorados. Como sabía que las flores irían a aumentar de precio –siempre lo hacían para esa fecha-, tres días antes encargó al florista de la esquina un ramo de jazmines, los que conservó en el freezer de la heladera en la esperanza de que aguantaran hasta la fecha de entrega, y también recortó del diario del domingo un cupón de descuento para cenar en “La Cantina de Alonso”, en el puerto. Pensó que, con todo esto, Tito cubriría dos aspectos: primero, resarcirse de la traba de corbata, elemento que, al querer usarlo por primera vez, se doblara tanto que ya no se podría recuperar, porque lo que pareció ser un noble metal culminó en una simple hojalata; y segundo, tratar de olvidar esa horrible corbata de seda italiana que ya no la usaría ni un muerto. La noche de los enamorados prometía a Elsa ser algo distinto, porque Tito le había dicho que la llevaría a cenar. Cuando se encontraron, la primera sorpresa para Elsa fue un gran ramo de jazmines, sin aroma alguno, duros como si fueran de azúcar; los que, en la medida que transcurrió la velada fueron sudando agua hasta pasar de un blanco níveo a un triste marrón terroso; además de ya sus capullos ablandarse para caer exhaustos. Y la cena en la cantina resultó un fiasco: un lugar apestoso, con las cañerías de los baños tapadas, lleno de borrachos dormidos sobre las mesas y hasta una pequeña cucaracha que le tocó a Tito en la fuente de su panaché de verduras. Después de todo esto, pensaba Elsa, ni hablar de terminar la noche en un hotel: cada uno a su casa y listo, a pesar de las ansias desbordadas que se reflejaban en el comportamiento corporal de Tito por finalizar la velada teniendo un poco de sexo. Elsa necesitaba estar sola en un lugar y sollozar tranquila, tratando de pensar en estas cosas y cuál habría sido el motivo del notorio deterioro de la relación. Pero por más que tratara de arribar a alguna conclusión satisfactoria, ésta era reemplazada por maquinar una nueva venganza contra Tito. Cuanto más lo pensaba, Elsa llegaba a lo mismo: Tito tendría una amante, habría conocido a otra mujer y no sabría cómo decirle a Elsa que ya no la quería más. No quedaban muchas oportunidades, a lo largo del año, por las cuales hacerse regalos, y habría que esperar bastante para Navidad o Año Nuevo. Sin embargo el día del amigo se presentó como una opción interesante, más allá de que, supuestamente, ellos no fueran amigos sino novios. Pero había que aprovecharlo y no dejarlo pasar. Se pusieron de acuerdo telefónicamente en encontrarse, lo que equivalía a decir que festejarían el día intercambiando regalos. Revolviendo en la alacena de su casa, Elsa encontró una botella de vino espumante que algún familiar había dejado luego de haber festejado una Navidad. Elsa se fijó en la fecha de vencimiento, la cual había pasado tres años de lo permitido, y que con el filo de un cuchillo raspó la etiqueta hasta lograr desaparecer ese pequeño detalle. Como sabía que a Tito le gustaba mucho el vino espumante, con seguridad lo sabría apreciar. Envolvió la botella en papel fantasía y le agregó una tarjeta que recortó de una lámina de cartulina, escribiendo una dedicatoria. El regalo estaba listo, y mejor que comprado en cualquier tienda. A la hora de elegir su regalo, Tito recordó la traba y la corbata de seda italiana. No tenía muchas opciones y era difícil, para él, catalogar a una mujer como “amiga”, especialmente si se trataba de Elsa. Además, su innato y absurdo machismo le obligaba a recordar cómo había concluido la noche de los enamorados, y las dos películas que se había quedado viendo en casa, sólo para conciliar el sueño. Fue cuando recordó que su madre guardaba siempre los perfumes y jabones que le regalaban porque decía que le daba lástima usarlos. Revisando en el ropero, entre las cosas de su difunta madre, encontró tres cajas conteniendo todavía un frasco de colonia y dos jabones, todos sin usar. Eligió una de ellas; buscó papel para envolverlas y ya tuvo listo el regalo, sin haber gastado un peso. De tantos años que esos jabones llevaban guardados ya ni tendrían perfume; lo que a Tito le quedaba, como última esperanza, era que la colonia sirviera y que no se hubiese evaporado. Quedaron en verse en una confitería para celebrar el acontecimiento. Tuvieron suerte de encontrar una mesa libre, porque parecía que todo el mundo había salido a festejar. Con la mirada llena de gozo, cada uno recibió su regalo por parte del otro, y ya fueron sus dedos prestos a romper los envoltorios. Tito se alegró de recibir la botella de espumante, mientras Elsa rogaba mentalmente a todos los dioses no estar presente cuando la abriera y sirviera en una copa su líquido avinagrado. Y ella también se sorprendió al abrir su paquete y ver los dos jabones con el frasco de perfume que abrió en el momento para olerlo, dándose cuenta que sólo aire salía del envase. Y los jabones servirían ni siquiera para lavar la ropa. Elsa se enojó, pero se enojó en serio: le tiró a Tito la caja con jabones por la cabeza y salió de la confitería. Tito quedó sentado, reflexionando y sabiendo que los enojos de Elsa eran pasajeros, y que luego la llamaría por teléfono para decirle que la quería mucho y que pusieran ya mismo fecha para casamiento. Además, Tito tenía una muy buena excusa: ya tenía los anillos, los había consegido en el Ejército de Salvación.
Marcelo Pérez
10/Enero/2021


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