miércoles, diciembre 13, 2006

Un cortado (de Emiliano Almerares) P609150

La vi en el tren, un viernes a la noche volviendo del trabajo. Nuestras miradas se encontraron por el par de segundos que ella tardó en bajar la vista y mirar su reloj. Bajó en Lisandro de la Torre; yo también. Tal vez viendo al grupo de chicos que tomaba cerveza al pie de la estación, apuró su marcha. A los pocos metros, uno de ellos empieza a caminar a su lado. Esperé un poco y cuando me pareció que el flaco se ponía molesto, apuré el paso y le tomé la mano. Ella estaba temblando. Me miró asustada. Pero le debo haber parecido menos peligroso que el acosador, porque ni siquiera atinó a soltarse.

-Disculpa vieja, no sabía que estaba con vos –me dijo el pelilargo.

-Todo bien –le dije mirándolo reciamente o al menos, intentándolo.

-No te asustes –le dije al oído notando que su mano temblaba cada vez más-. Ni bien se vaya te suelto.

Y así lo hice. Llegando a Libertador, cumplí con mi palabra.

-Muchas gracias, la verdad que me salvaste. Te debo una –me dijo mientras esperábamos el semáforo.

Aunque no la había ayudado con esa intención, mi instinto masculino no me permitió entender que su frase no era más que una formalidad y le dije:

-Bueno, si me debés una, me gustaría que algún día de estos tomáramos un café.

-Disculpa, tengo novio –dijo sin rodeos.

Supuse que no debía insistir y no lo hice.

-Me lo imaginaba –dije y de mala gana guardé mi instinto varonil-. ¿Seguís por está?

-No. Doblo acá. Gracias de nuevo.

Se despidió dándome un beso en la mejilla.

Aunque seguí tomando el mismo tren a la misma hora, recién volví a encontrarla dos años más tarde. Estaba trabajando en un stand de la feria del libro.

-Hola. ¿Te puedo comentar la nueva promoción dos por uno?

-¡Hola! ¿Cómo andás? Tanto tiempo –le dije, tal vez desubicadamente eufórico.

-Bien –me respondió secamente-. ¿Nos conocemos?

-Bueno, tanto como conocernos no, pero un par de años atrás, te salvé de un acosador en la estación Lisandro de la Torre.

-Ah. Sí. Disculpame. Pero estás re distinto. No te había conocido.

-Sí, me afeité la barba.

-Ah, con razón. ¿Cómo andás? ¡Qué susto ese día! Debo haber estado dos horas fácil sin dejar de temblar. Con decirte que no volví a tomar el tren. Desde aquel día, prefiero tomar el subte. Me deja más lejos, pero es más seguro.

-A mí no te creas que me fue tan bien. Tu pretendiente estuvo como un mes mirándome con cara de "si no estuviera tan borracho te fajaba, así se te pasaban las ganas de hacerte el héroe".

-Uy, pobre. ¿Qué hacés por acá?

-Vengo a la charla de Dolina.

-Ah, que bueno.

-Bueno, no te entretengo más que estás trabajando. Un gusto verte. Nos vemos –le dije y me aguanté las ganas de volver a invitarla a salir.

-Igualmente. Nos vemos.

A los dos segundos, cuando yo ya había girado para irme, dijo: "Che, yo te debía un café ¿no?".

-Sí. No me animaba a recordártelo Sobretodo, porque estamos a fin de mes. Pero si querés, me encantaría.

-Sí, dale. Para un café, tengo.

Al otro día, la pasé a buscar por la feria y fuimos a tomar algo al Hard Rock. Me contó, entre otras cosas, que se llamaba Jorgelina, que tenía 23 años, que estaba cursando el tercer año de psicología, que vivía sola desde hacía seis meses y, lo que más me interesó, que, después de cuatro años, se había peleado con el novio. No fue gran cosa el encuentro. Odio las primeras citas. Uno se esfuerza por decir algo interesante y termina diciendo pavadas de chico de 15. ¿Por qué nos costará tanto mostrarnos como somos? Descontando los innumerables silencios que se producían, los cuales, para suerte de los dos, eran llenados por una banda que hacía covers de Pink Floyd, nuestra charla habrá durado unos 35 minutos. Pero por ser nuestra primera salida... demasiado. A pesar de que yo insistí en pagar la cuenta, no me lo permitió.

-De ninguna manera. Te lo debía.

Cuando nos despedíamos, le pedí volver a vernos. Accedió a que el lunes la pasara a buscar nuevamente por la feria. En el momento que se fue, empecé a sentir una alegría muy grande. No sé como describirla, pero era una sensación de bienestar enorme que nacía en el pecho y pasaba por todo el cuerpo. Volví caminando a casa, aunque vivo a cuarenta cuadras del Hard Rock. Ya en mi habitación, el sueño me vencía, pero no quería acostarme. Tenía miedo que al despertarme al otro día, ese estado que se había adueñado de mi y me hacía sentir tan poderoso, se hubiera ido. Por suerte, a pesar de que dormí profunda y tranquilamente, como hacía rato que no lo hacía, desperté pensando en ella, sintiéndome tan feliz como antes de dormirme.

No pude dejar de pensar en Jorgelina durante todo el fin de semana. Las letras que formaban su nombre daban vueltas sin cesar en mi mente como si fueran las únicas del alfabeto y no hubiera otra manera de combinarlas. Su bello rostro se había instalado en mis pupilas como una especie de filtro que me hacía verla donde quiera que mirara. Imaginaba como sería nuestra nueva cita. Buscaba lugares adonde llevarla. Pensaba temas de conversación que hicieran nuestros intercambios más fluidos. Hasta gasté la plata que estaba ahorrando para comprar una guitarra, en un jean y una camisa nueva. Me daba cuenta de que no tenía muchos fundamentos para haberme obsesionado de esa forma por ella, pero cuando uno tiene la desgracia de caer en las malditas garras de la soledad, no te puede mirar una mujer por más de cinco segundos a los ojos que ya crees que estás enamorado. Y si encima acompaña esa mirada con una sonrisa... Para qué. Ya la imaginás vestida de blanco.

El lunes, con el corazón acelerado, me presenté a la hora acordada. Según el cartel, la feria había terminado el domingo. Me apoyé en una pared y me dispuse a esperarla. A los 15 minutos, empecé a desesperarme. Le pregunté a un franelita si no había visto una chica rubia de pelo lacio. Negó con la cabeza sin siquiera mirarme. Luego, me dirigí hacia la otra puerta de acceso a la feria. Pasados otros 15 minutos y viendo que no venía, volví a la entrada principal. "Cómo no le pedí el teléfono o el mail. ¡Qué tarado!", pensaba. Nuevamente me acerqué hacia donde se encontraba el cuidacoches. Le pregunté si no había llegado en mi ausencia, a lo que respondió con su acostumbrada amabilidad: "Dejamé de romper las pelotas que estoy trabajando". La esperé unos 20 minutos más. Finalmente, resignado, empecé la retirada, mirando de vez en cuando para atrás. Me torturaba pensando cómo había podido embalarme tanto. Al fin y al cabo, sólo habíamos salido una vez. Pero así son los sentimientos, no hay nada que hacerle, aparecen sin pedir permiso y cuando uno quiere que se vayan, no hay manera. Ahora, cuando uno quiere que se queden, te despertás una mañana y ya no están. "En una de esas, tuvo algún imprevisto", pensé en un último intento por mantener viva la ilusión. El problema era que no sabía como encontrarla. Ni siquiera conocía su apellido para intentar buscarla en la guía. Tampoco su dirección. Lo único que sabía era que vivía cerca de la estación Lisandro de la Torre, pero eso no me decía mucho. Durante varios días, al caminar por el barrio, no hacía más que buscarla con la mirada. Pero no había caso, parecía que se la hubiera tragado la tierra. Un día me cayó la ficha y recordé que estudiaba psicología. Pasé una semana entera yendo a la UBA. En mi quinta y última visita a la facultad, cuando ya me estaba dando por vencido, la veo que viene con paso firme en sentido contrario al mío.

-Jorgelina –le digo sin poder disimular la alegría que me provocaba verla y adelantando la cara para recibir un beso.

-Hola, disculpame pero estoy apurada. Tengo un parcial –dijo sin siquiera mirarme y sin interrumpir la marcha.

Me quedé parado siguiéndola con la mirada. En un primer momento, pensé en seguirla, en pedirle que al menos devolviera la ilusión que me había robado. Pero no quise agregarle más dramatismo a una situación que ya era por demás patética. Traté de encontrar a quien echarle la culpa por mi mala suerte, por mi estúpida ingenuidad. No pude encontrar a nadie y de poco hubiera servido. Me dieron ganas de llorar, de gritar, pero aguanté. Salí a la calle y empecé a correr, sin rumbo, como un loco. No me pregunten porque. Sin darme cuenta, aparecí en la puerta del Hard Rock. Miré para dentro, vi la mesa en que habíamos estado sentados. Una pareja se besaba. De repente, todo se aclaró. La angustia que sentía, lamentablemente, no desapareció. Pero por lo menos, comprendí lo que había pasado. No tenía nada que reprocharle. Me debía un café. Y ya lo habíamos tomado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡¡¡ fELICITACIONES POR TAN MARAVILLOSA ACTUALIZACIÓN
ABRAZOS Y BESOS
RAQUEL LUISA TEPPICH

Luis Alberto Battaglia dijo...

Gracias Raquel