jueves, mayo 09, 2019

EL TIEMPO SAGRADO (cuento corto) de Marcelo Pérez Grupo Paginantes en Facebook Nº 9

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Cuando Orlando se enteró que, tanto las autoridades del gobierno como las de la iglesia habían vuelto a cambiar el calendario, su rostro se ensombreció. Porque para lograr tal vil hazaña habían tenido que rebanarle al año once días. Por lo tanto, el cumpleaños de Orlando ya no existía, y esto era igual a decir que Orlando no había nacido. Justo uno de esos once días quitados él –según sus padres, ya fallecidos, y su propia acta de nacimiento- había tenido la suerte de llegar al mundo. Y por una de esas casualidades o causalidades del Destino tampoco habría nacido su abuelo paterno, y tampoco habría muerto, porque el abuelo Oñik había nacido y muerto justamente dentro de ese período de once días que ya no existían. Consultó su celular y observó que le faltaban 264 horas de vida. A dónde habían ido a parar? Además, el asunto se trataba de una confabulación mundial contra él, porque ya todos se habrían puesto de acuerdo y quienes estuvieran en la misma situación que él tendrían que callarse la boca y aguantar. Tampoco podía seguir calculando cuánto tiempo llevaban fallecidos sus queridos padres, porque algo habría cambiado también. Pero esto no fue lo peor: lo más absurdo, tonto y falta de lógica fue enterarse que la ciudad que estaba al otro lado del río, que pertenecía a otro país pero que estaba ahí no más, cruzando el puente, no había aceptado las inútiles condiciones y ordenanzas y mantenía su calendario sin enmendar. Mas Orlando no podría vender todo e instalarse en esa ciudad y recuperar su tiempo de vida, en principio porque allá hablaban otro idioma y él –a sus sesenta y dos años- no iba a ponerse a estudiar todo de cero; y otro motivo era que tenía su casa hipotecada y le faltaba pagar la última cuota. Claro que, para esto, tendría que haberla pagado en alguno de esos once días. Y la pregunta sobrevino: le condonaría, el banco, la deuda? Salió raudamente de su casa y fue a averiguar. Cuando llegó al banco, lo hicieron esperar dos horas sentado en un sillón de mimbre. El salón estaba repleto de gente y de diez escritorios que había para atender al público sólo dos lo estaban haciendo; el resto, según le explicaron, cuando preguntó, atravesado por un espasmo de angustia debida a la espera, le dijeron que estaban o de vacaciones o enfermos o se habían pescado una conjuntivitis colectiva que los había obligado a permanecer en sus casas. Cuando por fin lo atendieron le tocó el turno con un muchacho lleno de caspa; antes de empezar la conversación el joven sacó un cepillo del cajón de su escritorio y barrió una parva de caspa acumulada. Orlando le explicó al joven, de una manera civilizada, que estaba ahí por el tema de su hipoteca, y que quería terminar de pagarla porque había vencido hacía once días atrás, pero con eso de la reforma del calendario él creía que se habría recalculado el vencimiento y que aún estaba en fecha para pagarla y que le dijera cuál era ahora el nuevo vencimiento. El muchacho consultó su computadora, ya que ahí tenía toda la información. Meneando la cabeza mientras chupaba un lápiz sacó un calendario y un reloj de arena del cajón. Puso el reloj de manera tal que comenzara a escurrirse la arena hacia la ampolleta de abajo y se lo quedó mirando fijo. Orlando pensó que estaba midiendo el paso del tiempo, cosa que, en efecto, así fue. Cuando terminó de pasar toda la arena de una ampolleta a la otra, el joven volvió a menear su cabeza y, con cara ensombrecida por la tristeza, comentó que no había nada que hacer, que el banco se quedaría con su casa porque la hipoteca ya estaba vencida y Orlando figuraba como un cliente altamente moroso. Los gritos de Orlando se escucharon por todo el salón, fue necesario que un guardia de seguridad lo acompañara a la calle, mientras seguía clamando y vociferando que ya volvería. En todos los diarios que vio en el puesto de la esquina figuraban las fechas, en las portadas, como “Viejo Estilo” y “Nuevo Estilo”, obligados a poner las dos fechas para la gente que aún no se acostumbraba. Y si ya estaba el cambio hecho hasta en los diarios que uno habitualmente leía eso significaba que el calendario cercenado ya estaba en vigencia absoluta. No podía ser. A Orlando no le iban a dejar sin casa así porque sí. Fue al centro, al edificio de la curia y pidió hablar con el Patriarca. Le contestaron que, previamente, necesitaba una autorización del Ministerio, que no lo dejarían pasar. Explicó que era un asunto de vida o muerte, que estaba por producirse una catástrofe mundial, pero no hubo caso, así que debió dirigirse al Ministerio para que lo autorizaran. El Ministerio quedaba cruzando la plaza, no tardó en llegar. Lo atendió un soldado que hacía veinte años estaba ahí, en su puesto. Le concedió una entrevista con uno de los ministros, aunque debía tener paciencia porque el ministro estaba de viaje y llegaría recién mañana. Orlando debió volver a su casa y esperar el nuevo día. Mientras tanto quedó en constante vigilia por si llegaban del banco a quitarle la casa. Se proveyó de unos binoculares y un antiguo rifle de caza que había pertenecido a su padre, aguardando en el living mirando por la ventana hacia la calle. El amanecer lo sorprendió dormido; cuando recobró la noción tomó algo de café y salió al Ministerio. Lo atendió el mismo soldado y le concedió ver al Ministro. Este era un hombre de estatura baja, de mediana edad, bien vestido, oliendo a carísimo perfume hecho a base de orina de camello, al cual Orlando le explicó bien el problema y que necesitaba una autorización para ver al Patriarca. Contento como estaba, Orlando agradeció al Ministro, cruzó la plaza y fue recibido en la curia por un guardia que lo hizo pasar a una habitación porque lo tendría que revisar, por estrictas normas de seguridad. Orlando entró en un cuarto donde lo esperaban dos mujeres policía que le pidieron que se desnudara. Comprendiendo lo delicado de la situación, Orlando accedió y con ojos de terror vio que una de las mujeres se colocaba guantes de látex. Lo que más le dolió fue la revisación de próstata que le hicieron, pero ya estaba todo en regla y podía pasar a ver al Patriarca. Con su mirada abundando de angustia, caminó por un corredor de grandes dimensiones hasta llegar a una doble puerta labrada en oro, que se abrió automáticamente ni bien pisó el umbral. En un gran recinto con paredes tapizadas y decoradas con obras de arte del Renacimiento, estaba el Patriarca detrás de su escritorio de roble, ataviado él con una bufanda de seda de gusano de Esmirna y con una túnica de terciopelo rojo y violeta. Sobre el escritorio había varios ejemplares de biblias y una gran cazuela con maní salado. El Patriarca le ofreció sentarse y mientras escuchaba a Orlando tomaba grandes puñados de maní que comía con pasión. Orlando había pedido hablar con él porque sabía que una de las instituciones que habían aprobado la reforma del calendario había sido, justamente, la iglesia. Orlando sabía que el Patriarca tenía algo que ver en el asunto. El Patriarca respondió que, en efecto, él había también firmado el acta de reforma, que había que estar de acuerdo porque eso era importante para que todos coincidieran en el mismo día para festejar la Pascua de Resurrección y que el mundo no podía seguir estando dividido como lo venía haciendo. Orlando le remarcó que eso era contraproducente no sólo para él sino para mucha gente; él, por ejemplo, había perdido su fecha de nacimiento y muy pronto perdería también su casa. El Patriarca tomó otro puñado de maní y sonreía comentando que eso era un detalle nimio y que no se preocupara porque en el registro civil ya buscarían otra fecha de nacimiento para él y lo de la casa… bueno, el tema de la casa vería cómo se resolvería, los dioses proveerían. Con ojos cargados de ira, Orlando se abalanzó sobre el Patriarca: al ahorcarlo con su bufanda de seda de gusano de Esmirna le preguntaba qué tal se sentía haber muerto en un día sin fecha. El Patriarca quedó duro como una momia, con sus ojos aún abiertos ante el estupor de haber encontrado una muerte tan absurda. Orlando controló su respiración agitada; acomodó la ropa del Patriarca, su bufanda de seda y lo dejó sentado en su sillón, como una estatua. Había cometido un grave sacrilegio y debía salir cuanto antes de ahí. Al pasar por el control de la entrada el soldado le pidió volver al cuarto de revisación donde las dos mujeres policías le dijeron que se quitara la ropa y nuevamente constataron la magnitud de su próstata. Una vez en la calle Orlando volvió a encontrarse en un país sin fecha cierta, y miraba con envidia la ciudad que estaba cruzando el puente, como si fuese la eterna salvación. Pero debía seguir con su tratativa de que las autoridades recapacitaran lo mal que habían hecho. Pero que más podía hacer Orlando?... sentarse y llorar? Decididamente no, por eso se dirigió a la Municipalidad para hablar con el intendente, Orlando ya estaba jugado y no habría marcha atrás; además, nadie le quitaría esos once días de su vida. En la entrada del edificio de la Municipalidad había un grupo de policías que le impidieron el paso, y él les comentó que venía de una audiencia con el Patriarca y que éste le había autorizado a hablar con el intendente. Mucho no le creyeron pero igual lo dejaron pasar. Al llegar al despacho del intendente se encontró con un hombre de civil que custodiaba la puerta. Orlando le dijo que era representante del Patriarca y que tenía que hablar con el intendente de algo sumamente importante. El custodio le pidió que esperara, que iría a comunicarle al intendente y vería si lo podría recibir. Pasaron interminables minutos hasta que volvió a aparecer y lo hizo pasar. El intendente, hombre alto, sentado detrás de su escritorio, estaba acompañado por una mujer que parecía ser su secretaria. Orlando explicó su problema, requiriendo una solución inmediata. Tanto el intendente como su secretaria se miraron y comenzaron a reír, tal vez porque o no comprendieron la gravedad de la situación que estaba padeciendo Orlando o simplemente les importaba un bledo. En el salón había una biblioteca muy grande, llena de libros, volúmenes varios. Orlando se dirigió a ella y, sacando los tomos más pesados, los revoleaba al aire para tratar de pegarles algunos en la cabeza. La secretaria cayó primero, luego de que un grueso volumen de economía le diera de pleno en el rostro. El intendente vadeó algunos libros hasta que uno le llegó al pecho y lo volteó; una vez en el suelo fue víctima de un volumen tras otro y Orlando sintió ruido a cráneo roto cuando el tomo 32 de la Enciclopaedia Britannica le cayó encima. Orlando siguió tirándole libros hasta prácticamente sepultarlo, formando una pirámide. El grandote de civil que estaba en la puerta entró porque había escuchado gritos y ruidos, fue cuando Orlando le aulló que fuera a pedir ayuda porque se les había venido encima la biblioteca. El custodio salió raudamente y Orlando aprovechó para escapar. Afuera, en la calle, todo el mundo estaba convulsionado porque se habían enterado de que habían asesinado al Patriarca. Por todos lados se veían autos de la policía y hasta carros militares. Como le quedaba cerca el banco decidió volver y tratar de convencer al muchacho de la caspa que el Estado le había quitado esos once días y que, por lo tanto, se los debía. El muchacho estaba atendiendo a una persona, Orlando no podía accionar físicamente contra él porque sería visto por todos los clientes que ahí estaban, por eso decidió esperarlo a la salida. Hasta las nueve de la noche tuvo que aguardar Orlando a que saliera el empleado, se veía que era una persona muy responsable porque se quedaba hasta tan tarde. Cuando lo vio se le puso a la par, caminando con él. El joven se sorprendió y recién cuando Orlando se dio a conocer el empleado lo reconoció y sonrió al volver a escuchar su problema. Justo iban a pasar por un lugar donde había una alcantarilla abierta y Orlando empujó al muchacho. Lo vio caer tres metros, seguro se había desnucado. Orlando comenzó a gritar pidiendo auxilio, diciendo que un amigo se había caído al pozo. Cuando empezaron a arremolinarse los curiosos Orlando huyó en medio de la confusión. Al llegar a su casa dejó abierta una de las ventanas del frente; el barrio estaba tranquilo, pero pronto dejaría de estarlo. Fue al armario y preparó, apuntando por la ventana hacia la calle, su viejo rifle de caza. Nadie le quitaría sus once días de vida, eso estaba seguro. Además, no podrían culparlo de nada. Total, ni siquiera Orlando había nacido.
Marcelo Pérez
8/Mayo/2019



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