miércoles, octubre 25, 2006

1975 (de Cristina Pradera) P607030

Uno, dos, salto a la soga...
Era un día radiante de sol y mi perra luna correteaba de aquí para allá.
Por aquellos días mamá estaba muy nerviosa. El teléfono y el timbre la sobresaltaban de una manera que no podía disimular.
Por la noche lloraba bajito, cuando apagaba la luz y creía que yo dormía.
Una vez, mientras me secaba el pelo, se le escapó de sus ojos negros como la noche misma, una lágrima que no vi (porque estaba de espaldas), pero sentí, como se siente la cercanía de quienes nos aman, como sentimos el peligro en alguna parte del cuerpo, sin poder situarlo con certeza.
La lágrima rodó por su mejilla y la secó instintivamente con la mano. Como lo hacen las mujeres, que de tan fuertes no tienen tiempo para el dolor. Mi mamá era una de esas mujeres: fuerte como el roble, a fuerza de capear tempestades violentas.
Yo en ese momento no lo sabía, lo supe después, a medida que fui creciendo...y pude ver las cosas de otro modo.
Por aquellos días, mamá me regalaba sus mejores sonrisas y la esperanza en que el mundo podía ser un lugar mejor, siempre y cada día.
Uno, dos, salto a la soga...
Y mamá recibiendo un llamado que la puso tan nerviosa, como cuando el teléfono y el timbre sonaban; desde aquella noche en la que papá se fue, sin decirme adiós, sino, nos vemos pronto, dándome un abrazo fuerte y volteando rápido la cara, para que yo no viera, aquel mar de lágrimas que lo inundaría todo, aquel momento y el futuro también.
Desde aquel día, mamá hablaba con Andrea (su amiga, y mi tía favorita), de un pasaporte a Canadá.
Yo no entendía, pero me esforzaba mucho en entrar en ese mundo de silencios, de miradas inquietas y de pasaportes a un lugar llamado Canadá. Al cual, yo no sé porque imaginaba muy verde y florido, con un cielo naranja, como no se veía en ninguna parte.
Recién muchos años después pude entender aquel mundo, construído con silencios, con protección de madre que espera que la ilusión de un mañana mejor, no se desvanezca nunca.
Uno, dos, salto a la soga...
Y mi perra luna correteaba de acá para allá, hasta que empezó a ladrar de un modo inusual.
Mamá abre la puerta de la cocina que da al jardín, y me ordena que la obedezca, sin cuestionamientos y como nunca antes.
Rápidamente pero sin perder la ternura, me esconde en el armario chiquito, donde se guardaban las escobas y las cosas para limpiar.
Casi instantáneamente, un grupo de hombres, entra a casa; sin tocar el timbre y a los gritos. Escucho que mi mamá fuerte como el roble, estalla en un llanto ahogado, y por primera vez en mi vida la veo vulnerable.
Siento ganas de acunarla, como hacía ella cuando yo tenía fiebre.
O de salir corriendo y llevármela a ese lugar, Canadá, o a otro donde nada ni nadie pueda hacerle daño. Pero no, me quedo paralizada, recordando las palabras de mamá.
Siento que el corazón me palpita tan fuerte...que temo que estalle en cualquier momento.
Afuera del armario, el llanto de mamá no cesa.
Alguien le pregunta por personas que empieza a nombrar una por una, entre ellas reconozco el nombre de papá y el de la tía Andrea. Mamá dice que no sabe nada y pide por favor...es el comienzo de una pesadilla que se va a repetir en mi cabeza una y otra vez.
No se cómo, porque desde allí no podía ver nada, pero en un segundo ponen las casa patas para arriba. Siento el crujir de papeles, puertas que se golpean, insultos, cachetazos, y unos minutos que duran una eternidad, tanto como la vida que me llevará a recordar aquel día una y otra vez.
Entreabro la puerta y el miedo toma forma dentro de mi piel, latiendo al compás de mi corazón, veo que se llevan a la fuerza a mamá, y en un segundo , me regala un guiño, el último...
Ya pasaron más de treinta años de aquel día fatal, mucho perdí, y mucho tuve que andar y seguiré andando.
Hubo momentos en los que me sentí acorralada dentro del armario, como cuando niña, pero nada borra de mi mente aquel guiño, el que me alienta a seguir luchando, sintiendo que la esperanza en que el mundo puede ser un lugar mejor, siempre y cada día, es una promesa que le debo a los que vendrán y a los que se fueron.

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