miércoles, agosto 23, 2006

De andares (de Marita) 006

Se le ve deambular por el parque todo el día, desde temprano en la
mañana hasta casi la media noche. Acaricia a los perros, a las
palomas, a uno que otro gato perdido...
Con los niños es amable, les devuelve las pelotas, les ayuda con los
patines...
Mirando a los niños jugar recuerda su corta infancia, cómo a los diez
años, ya tenía que llevar dinero, como fuera, al hogar y preocuparse
de los hermanos que la madre había dejado a su cuidado, para
dedicarse a cobrar por el amor.
Del padre, ni hablar, si se le veía, era en raras ocasiones y en tal
estado de alcoholización, que era mejor arrancar.
Pero la tía Flora creía en él, le tenía fe y cuando podía, le ayudaba
con algo para la casa, para los hermanos chicos.
Era bueno el Tomás, era de alma pura, de corazón generoso, nunca
nadie lo escuchó ofender o gritar apenas a nadie, ni a los perros.
Siempre calladito, siempre aguantando, siempre obedeciendo.
Mientras crecía, la tía Flora pensaba con amargura que alguna mujer
lo descarrilaría, pero al cumplir treinta y no haber tenido ninguna,
ni siquiera escondida, que suponiera ella, se quedó tranquila y pensó
que podría morir en paz. Si se quedaba soltero, los niños podrían
estudiar y el Tomás los ayudaría en todo, seguro.
Compañero inseparable del cura nuevo, pensó por un momento en
seguirle los pasos, sin embargo, pensó en sus hermanos, y prefirió
seguir así, con sus peguitas cortas pero seguras, el trabajo de
gásfiter daba buenos dividendos si se hacía con "profesionalismo",
porque el Tomás no era un maestro "chasquilla", era un Señor
Gásfiter. Honrado, puntual y trabajador.
Sus solitarias noches y su llanto ahogado, eran sentidos sólo por la
tía Flora, la que hacía oídos sordos ante la eventualidad de perderlo.
En el cumpleaños cuarenta del Tomás, los dos hermanos seguidos de él,
lo celebraron con una fiesta sorpresa. Ellos ya estaban trabajando y
podían, entre ambos, darle ese regalito.
Lamentablemente, la tía Flora había fallecido el año anterior,
víctima de nunca nadie supo qué...
Tomás se veía muy contento en la fiesta. Su casa, humilde, pero
bastante mejorada desde los tiempos del abandono materno, brillaba de
luces y música, como también de mujeres ávidas de comprometer al
Tomás.
Estas solteronas cartuchas, eran la antítesis de la tía Flora,
prácticamente la única mujer con que el Tomás se había relacionado.
Lo acosaban a escondidas, que nadie supiera, se iban al baño detrás
de él y le hacían insinuaciones, le rozaban sus prominencias,
haciéndolo enrojecer y sentir calenturas que ya se le habían olvidado
o que creía que nunca sentiría de nuevo, desde las primeras pajitas
en la adolescencia.
Al día siguiente, Tomás había desaparecido, no estaba por ninguna
parte, ni en el parque, ni en la iglesia, ni trabajando. Su maletín
estaba intacto y el cura lo necesitaba para reparar una llave que
goteaba, pero nadie lo había visto.
La hermana más pequeña, que ya no era "tan" pequeña, y lo conocía muy
bien, lo buscó en la grieta del cerro a donde él los llevaba de
chicos a jugar a la escondida.
Nadie jamás lo habría pensado, a nadie nunca se le habría ocurrido
semejante brutalidad. El Tomás estaba inmóvil junto al cuerpo inerte
de una de las solteronas de la noche anterior.
Dsde ese día, no abrió la boca nunca más, salvo para comer y tomar
agua, obligado, primero por los gendarmes, luego, por la hermana, al
comprobarse su paupérrimo estado de salud mental y puesto en libertad.
El pobre Tomás, ¿se había vuelto loco o era el arrepentimiento lo que
lo mantenía en silencio?
Eso le preguntaba el cura, siempre y cuando el Tomás lo dejara
acercarse, ya que se había vuelto un poco huraño.
Un día, el Tomás se aburrió de que el cura latero le preguntara a
cada rato lo mismo y al fin decidió contarle.

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